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Salomé- Eso mismo, María: que el que de Dios se agarra, no res­bala.

María- Vamos a pedirle que nos saque adelante como sacó a nuestros abuelos allá en Egipto, que ellos también sintieron miedo cuando los guardias del faraón les corrieron detrás y los acorralaron junto al mar. Pero, acuérdense que fue entonces cuando Dios sopló y les abrió un camino por en medio del agua.

Estábamos allí los once del grupo. También Matías, el amigo de Tomás, que desde hacía unos días se había unido a nosotros. Estaban también las mujeres: la magdalena, Susana y mi madre Salomé. Y, en medio de todos, María, la madre de Jesús, en cuclillas como se sientan las campesinas de mi tierra.

María- ¡Padre! Ponte delante de nosotros, ábrenos un cami­no de libertad, como hiciste con nuestros abuelos cuando soplaste un viento fuerte y ellos pudieron pasar el Mar Rojo.(3) Ponte a nuestro lado, como cuando ibas en aquella columna de fuego, abriéndoles la marcha. Ven tú con nosotros, Señor. Si no vie­nes tú mismo, no nos hagas salir de aquí. Si de veras estás de nuestra parte, danos algo de tu Espíritu, del Espíritu que pusiste en Jesús, ¡y haz que tengamos el valor de los profetas!

Rezamos. Rezamos desde el fondo de nuestra cobardía, con un granito de fe ante una montaña de dificultades. Y el Dios de nues­tros padres, el que rescató a Jesús de la muerte, el que fortalece las manos temblorosas y afianza las rodillas vacilantes, nos llenó de su poderoso aliento. Desde aquella mañana, Dios nos fue arrancando poco a poco el miedo y nos dio, a su tiempo, el valor necesario para la lucha de cada día.

Pedro- Bueno, compañeros, ya está bien de cobardías, caramba. No, no lo digo por nadie, lo digo por mí. Sí, ahora com­prendo que es bueno que Jesús nos haya dejado porque así tene­mos que tomar nosotros las riendas. El moreno nos puso una lámpara en las manos y no la vamos a esconder bajo la mesa. Hay que ponerla arriba, en el candelero, para que todo el mundo la vea. ¿O no?

Juan- Claro que sí, Pedro... Y si dejamos el pellejo por el camino, como Jesús, ¡pues mala suerte! Otros vendrán detrás. ¡Y ya Dios se las arreglará para reclamar nuestra sangre!

Pedro- Ea, ¿qué esperamos entonces? ¿No dicen que vienen los guardias? ¡Pues que nos encuentren en la calle! ¡Que lo que aquí hemos hablado a media luz, vamos a decirlo a pleno sol! ¡Y lo que hemos estado cuchicheando vamos a gritarlo sobre los tejados!

Lleno de entusiasmo, Pedro abrió la puerta y bajó de dos en dos los escalones de piedra que daban al patio. Detrás de él fuimos todos. La calle estaba abarrotada de peregrinos en aquel caluroso día de fiesta.

Pedro- Bueno, Juan, ¿y ahora, qué?

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