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La gente que se apiñaba alrededor nuestro comenzó a aplaudir a Pedro que hablaba enardecido, con tanta firmeza que por un mo­mento me recordó al mismo Jesús, cuando habló allá en la explanada del Templo.

Hombre- Oiga, vecina, ¿quién es este narizón que se explica tan bien?

Mujer- Pues yo no sé mucho, a la verdad, pero galileo sí que es. ¿No le oye el cantaíto?

Hombre- Será de los zelotes, digo yo.

Vieja- No, hombre, ése es uno de los que andaba siempre con el profeta, para arriba y para abajo con él, y los que están a su lado lo mismo.

Mujer- ¡Cállese, vieja, y deje oír!

Pedro- Amigos, escúchenme: los gobernantes y los grandes señores de la capital pensaron que este asunto de Jesús se había ter­minado. Pues no, no se ha terminado, ¿Y saben por qué? Porque ellos siguen ahí, los mismos que mataron a Jesús, los Herodes, los caifases, los pilatos, siguen ahí muy repantingados en sus palacios de mármol, sentados sobre los calabozos donde dan alaridos tantos compatriotas torturados; ellos banqueteándose y el pueblo pasando hambre. ¡No se ha terminado porque ellos siguen ahí matando y robando y abusando! ¡Pero Jesús también sigue aquí con noso­tros plantándoles cara! ¡Ellos están vivos y Jesús está más vivo que ellos! ¡Ellos se ríen de nosotros, los pobres, pero Dios se reirá el último porque este asunto de Jesús no se ha terminado! Al revés, ¡ahora es cuando comienza! ¡Ahora, ahora es que se enredó la cosa, paisanos! ¡Porque ahora no es uno sino una docena! ¡Y pronto seremos doce docenas! ¡Y ya esto no lo para nadie! ¡El Rei­no de Dios corre como una chispa en el trigo seco! ¡Y nadie nos detendrá, compañeros, nadie!

Hombre- ¡Bien, bien, galileo, así se habla!

Mujer- ¡Dale duro, Pedro, dale duro!

Pedro- ¿Cómo va la cosa, Juan?

Juan- Va bien, Pedro, ¡pero no manotees tanto que te vas a caer del barril!

Marcos- Oye, tirapiedras, aquí hay muchos extranjeros y yo no sé si se estarán enterando de nada.

Pedro- ¡Amigos! Entre ustedes hay muchos forasteros que han venido de otros países y hablan otros idiomas. No importa. Yo sé que todos me están entendiendo. ¡Porque aunque las lenguas son distintas, la tripa de todos habla el mismo idioma del hambre! ¡Y los callos en las manos son los mismos, y el llanto de las ma­dres a quienes les mataron sus hijos es igual en todas partes, y el grito de justicia de los pobres es el mismo en todas las lenguas! ¡No, aquí nadie es extranjero! Venimos de muchos sitios distin­tos, sí,

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