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actual de este país. De Libia, también como en la actualidad, en el norte de África. De Cirene, zona occidental de la actual Li­bia. De Roma, capital del imperio y hoy capital de Italia. Cretenses: de Creta, isla al sur de Grecia. Y árabes, habitantes del antiguo reino nabateo, comprendido en parte de la actual Jordania y del actual Egipto. De todos estos lugares acudían a Jerusalén, tanto los judíos de raza como los llamados prosélitos, que eran los extranjeros con­vertidos a la religión de Israel.

3. En la Biblia, tanto el viento como el fuego son símbolos de la actuación del Espíritu de Dios. Tanto uno como otro manifestaron la acción de Dios en la liberación de Israel de Egipto que narra el Éxodo: el viento que sopló sobre el Mar Rojo y abrió un camino de libertad (Éxodo 14, 21) y la columna de fuego que guió a los israelitas en sus noches por el desierto (Éxodo 13, 21-22). El evangelio de Lucas, al referirse a la intervención del Espíritu de Dios sobre los discípulos de Jesús en la fiesta de Pentecostés usó estos mismos símbolos: un viento recio que resonó en la casa y lenguas de fuego sobre la comunidad reunida.

4. Del Espíritu de Dios se habla en las primeras líneas de la Biblia (Génesis 1, 2) y se le presenta aleteando sobre las aguas, de donde nace toda vida. Espíritu en hebreo es «ruaj», una palabra del género femenino que significa literalmente «viento» y también «aliento». Cuan­do Dios creó al hombre y a la mujer les infundió este aliento en sus narices (Génesis 2, 7). Cuando sacó a su pueblo de Egipto hizo soplar con fuerza este viento sobre los enemigos (Éxodo 10, 13 y 19). El Espíritu aparece siempre en relación con la vida. Es el soplo pacífico o huracanado de Dios que suscita la vida, la pone en movimiento, la defiende, la fecunda. Cuando falta el Espíritu falta la vida (Salmo 104, 27-30).

143- TODO EN COMÚN

Desde el día de la fiesta de Pentecostés, cuando Pedro se lanzó abiertamente a hablar del Reino de Dios en el corazón mismo de Jerusalén, la vida cambió para todos los del grupo. En pocas semanas nos repartimos por los barrios de la capital y por otras ciudades de Judea para que la causa de Jesús siguiera adelante. Para que a todos nuestros paisanos llegara la buena noticia de que él seguía vivo entre nosotros, animándonos a los pobres en nuestra lucha por la justicia, dándonos la fuerza de su Espíritu para hacer cosas aún mayores de las que él mismo había hecho.

Juan- ¡Bueno, Tomás, a ver si la lengua se te afloja de una vez en Jericó! ¡Suerte, compañero!

Pedro- ¡Y tú, Nata, buen viaje hasta Silo! ¡Ven por aquí de vez en cuando para que nos cuentes cómo va el grupo!

Felipe- Oigan, oigan, que nos hemos olvidado de los samaritanos. ¿Quién va a trabajar con ellos?

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