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Pedro- ¿Y tú eres el que nos preguntas? Tendríamos que preguntarte nosotros en nombre de todos los pobres de Israel con qué autoridad sentenciaste tú a Jesús de Nazaret y lo enviaste a la muerte.

Magistrado- ¡Maldito galileo! ¿Cómo te atreves a hablarle así al sumo sacerdote?

Pedro se mordió los labios, pero siguió hablando.

Pedro- Ustedes crucificaron a Jesús, pero no se salieron con la suya, porque Dios lo levantó de entre los muertos. Él está vivo, ¿me oyen? ¡Está vivo! ¡Y nosotros somos testigos de esto!

Caifás- ¡Charlatán! ¡Estás loco de remate! ¡Ja, ja, ja!

Juan- No, Pedro no está loco. Ni yo, ni ninguno de los que hemos escuchado la buena noticia de Jesús. ¡Los locos son uste­des, ustedes que lo sacaron a él fuera de la ciudad como a una piedra de desecho! ¡Pero Dios lo escogió como piedra angular, para que se enteren!

Caifás- ¡Maldita sea, llévense a estos deslenguados de aquí ahora mismo! ¡Azótenlos! ¡Para que escarmienten en su propio pellejo!

Entre cuatro soldados nos sacaron a empujones de la sala y nos metieron en los calabozos del sótano. Caifás y los magistrados se quedaron cavilando.

Magistrado- ¿Qué podemos hacer con esta gentuza, exce­lencia? Son unos pobres diablos, sí, pero también son testarudos como camellos. ¡Galileos al fin!

Escriba- Ya dicen, y dicen bien, que de tal palo tal astilla. Son igual de rebeldes que el maldito nazareno, ¿no cree usted, excelencia?

Magistrado- Lo peor es que desde hace un tiempo la chusma los sigue a todas partes, excelencia.

Caifás- ¡Excelencia, excelencia! ¿ Es que no saben decir más que sandeces? ¡Imbéciles! ¡No hemos sabido cortar por lo sano! ¡Aquí no ha valido matar al perro, porque sigue la rabia! ¡Los mandaremos a crucificar a todos a la vez! ¡Estoy harto de que Pilato me pida a mí la responsabilidad de los dis­turbios callejeros!

Anás- Vamos, vamos, tranquilízate, querido yerno, no te pon­gas así por tan poca cosa. Estos tipos se han envalentonado con la engañifa del profeta que vuelve a vivir. Pero son de mala madera. Vamos a asustarlos un poco. Por hoy, caliéntales el cuero y ya verás cómo se les va enfriando la cabeza. y también la lengua.

Después de azotarnos nos llevaron nuevamente a la sala del Gran Consejo.

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