X hits on this document

818 views

0 shares

0 downloads

0 comments

299 / 310

Juan- Perdidos estarían si nos sentamos a esperar que ellos nos dejen meter la cuchara. No sea tan inocente, Susana. Mire, ¿us­ted ha visto en alguna casa que levanten primero el tejado y luego pongan los cimientos, ¿no, verdad? ¿Y ha visto algún árbol creciendo de arriba para abajo?

Susana- Tampoco.

Juan- Pues tampoco va a ver que las cosas cambien desde arriba.

María- Entonces menos palabras y al grano. ¿No decimos que a unos les falta lo que a otros les sobra? ¿Y que en el Reino de Dios todos somos iguales? Pues vamos a poner junto todo lo que tengamos, el dinero y todas las cosas. ¡Y a ver qué pasa!

Pedro- María tiene razón. Y vamos a comenzar aquí mismo, en este grupo. Y que los del grupo de Ofel hagan lo mismo que bastantes viudas y huérfanos hay por ese barrio. Y los que están con Santiago y los del grupo de esa muchacha Lidia, lo mismo. Que nada sea de nadie y que todo sea de todos.

Fue en aquellos primeros tiempos cuando entendimos que si todo lo poníamos en común, los problemas podían empezar a solucionarse. Y en los pequeños grupos que se iban formando en Jerusalén la costumbre prendió muy pronto. Y aquello de tenerlo todo en común,(3) de no conservar nada propio, se convirtió en la señal de los que llevábamos adelante la causa de Jesús. Así nacie­ron las primeras comunidades. Nadie entraba en ellas si no compartía todo lo suyo con los demás.

Bernabé- Miren, compañeros, he vendido el terreno que tenía por el camino que sale a Jaffa. Ha sido un buen negocio. Aquí está lo que me han dado.

Era José Bernabé, un levita de la isla de Chipre, que se unió pron­to al grupo y que con el tiempo llegó a trabajar tanto por el evangelio.

Viuda- Ay, hijos, yo soy viuda y poco tengo, pero mi viejo me dejó unos ahorritos por lo que me pudiera pasar. Y yo me digo, ¿para qué los voy a tener guardados en un agujero cuando hay tantas necesidades que remediar?

Era la Vieja Noemí, arrugada como una pasa, pero con el corazón más nuevo que ninguno.

Esteban- ¡Hermanos! ¿Saben una cosa? ¡Por fin conseguí tra­bajo en el taller de Jasón, el curtidor! El jornal no es mucho, pero, al menos, ya no estoy aquí de zángano. ¡Ya tengo un granito de arena que poner en el grupo, caramba!

Era Esteban, un muchacho joven y bien dispuesto, que empezó dando su jornal y su tiempo para la causa de Jesús y que terminó un día dando hasta su sangre. Cada vez se unían más a la co­munidad. Eran hombres y mujeres del pueblo que llevaban sobre las espaldas años y años de sufrimiento y de esperanza y que estaban decididos a luchar y a compartir. Costó, sí, costó mucho eso de acostumbrarse a que las cosas de cada uno fueran de todos, a no decir mío ni tuyo. Era un

Document info
Document views818
Page views818
Page last viewedThu Dec 08 21:18:16 UTC 2016
Pages310
Paragraphs4836
Words127592

Comments