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milagro aquello, pero lo fuimos consiguiendo y éramos felices. El Reino de Dios empezaba a abrir­se paso en pequeños grupos en donde no había ningún necesitado, ningún hambriento, porque todo se ponía en común. Y también en común se hacía la fiesta...

Pedro- ¡Padre, como se recogen los granos de trigo dispersos por el campo para formar con ellos un solo pan, reúnenos también a nosotros, los pobres de la tierra, únenos para que seamos fuer­tes, apriétanos junto a ti para que podamos levantar entre todos el Reino de justicia que tú nos prometiste por boca de Jesús, tu Hijo, nuestro gran Liberador!

Todos- ¡Amén, amén!

El primer día de la semana nos reuníamos en las casas de los compañeros. Rezábamos juntos a Dios, el Padre de Jesús, y comíamos juntos también. En mitad de la comida, partíamos el pan, para dar gracias a Dios por tantas cosas.(4) Y en los barrios y en la calle y en todos los rincones de la ciudad, como la marea cuan­do sube, como el pan cuando fermenta, crecíamos, Eramos muchos, muchísimos, pero teníamos un sólo corazón y una sola alma.

Caifás- ¿Qué es esto? ¿Una plaga, una lepra, una fiebre? ¡Hay que acabar con esos locos de una vez por todas o ellos acabarán con nosotros! ¡Aún estamos a tiempo!

Gamaliel- Excelencia y colegas del Sanedrín, tengan cuidado con lo que van a hacer. Hace un tiempo se levantó Teudas, dándoselas de ser el Liberador. Y lo siguieron como unos cuatrocientos hombres. Pero cuando lo mataron, los que iban detrás se disper­saron y todo se acabó. Y lo mismo pasó con aquel otro galileo rebelde, ¿no se acuerdan? Dejen quietos a estos hombres que siguen a ese tal Jesús. No se metan con ellos. Si este asunto es cosa de hombres, se acabará. Pero si es de Dios, no lo podremos destruir nosotros.

Y como el asunto de Jesús era cosa de Dios, siguió adelante. Aquel granito de mostaza que el moreno había plantado en Galilea, a las orillas del lago, creció y creció, echó raíces en Jerusalén y extendió sus ramas por toda la tierra de Israel.

Hechos 2,42-47; 4,1-22 y 32-37; 5,28-42.

1. Las primeras comunidades cristianas se formaron en Jerusalén, poco después de los acontecimientos de Pascua. Las formaban los discípulos de Jesús, las mujeres y hombres de Galilea o de Judea que le habían conocido y seguido durante su vida y otros israe­litas y algunos extranjeros que se iban acercando a aquellos grupos y se integraban en ellos. En aquellos comienzos, lo que llamaba más la atención a «los de fuera» era el espíritu comunitario con que vivía aquella gente. Fieles al evangelio de Jesús, el prin­cipal distintivo de las comunidades fue compartir. La influencia que en el cristianismo naciente tuvieron las primeras comunidades de Jerusalén desapareció cuando la ciudad fue destruida unos 40 años después de la muerte de Jesús. Esto contribuyó poderosamente a que el cristianismo

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