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animarán a luchar como él y sentirán que una estrella brilla en mitad de su noche. ¿Quieres más verdad que ésa?

Y Mateo siguió encerrado en aquel cuartucho con su caña de es­cribir y sus dedos manchados de tinta, garrapateando pergaminos, escribiendo para nuestros compatriotas judíos, que tanta impor­tancia le dan a las profecías antiguas, la noticia nueva de Jesús, hijo de David, hijo de Abraham.(3)

Al poco tiempo de comenzar el trabajo en Jerusalén, comenzaron también las persecuciones. Los gobernantes, los grandes señores de Israel, los grandes maestros de la Ley, no querían saber nada de nuestros grupos. Había uno de ellos, un hombre bajito y calvo, que se ensañó contra nosotros. ¡Vaya con el tipo aquel! Nos hizo la guerra, nos arrastraba ante los tribunales, quería aca­bar con todos los cristianos, que así fue como empezaron a llamarnos en Antioquía, y después la palabrita se pegó en todas partes. Aquel hombre nos hacía la vida imposible. Pero luego, cuando Dios lo tumbó del caballo y le abrió los ojos, el tal Pablo, que así se llamaba el tipo, puso toda su energía al servicio del evangelio de Jesús.

Pedro- Pero, Pablo, compréndelo, tenemos que ir con calma.

Pablo- ¡Qué calma ni calma! ¡El Reino de Dios tiene prisa! ¡Abran los ojos, caramba! Ustedes aquí trabajando con unos grupitos de judíos tercos, y por ahí hay miles de griegos que quieren ver a Jesús, que quieren conocerlo. ¡Se convierten en racimo! ¡Se bautizan, y luego no hay quien les oriente en el Camino! ¿No lo creen? ¡Pues vayan a Éfeso, vayan a Tesalónica, a Chipre, a Filipos, a Corinto, a Atenas! ¡El mundo es grande, compañeros, y Cristo es más grande que el mundo!

Juan- Dime una cosa, Pablo. Esos nuevos cristianos de tus gru­pos, ¿conocen la ley de Moisés? ¿Están circuncidados?

Pablo- ¡Y dale con el prepucio! ¡No, no están circuncidados, ni falta que hace!

Pedro- Pero, Pablo...

Pablo- ¡Pero nada! ¡Ya es hora de romper el cascarón y salir fuera! ¡Jerusalén no es el ombligo del mundo!

Juan- ¡Ni Roma tampoco!

Pablo- ¡Claro que no! ¡El mundo es más grande que todo eso! ¡Y nosotros tenemos que sembrar la semilla de Jesús en todos los surcos!

Pedro- ¡Está bien, Pablo, está bien, pero cálmate, por favor!

Pablo- ¡No, Pedro, no me voy a calmar! Al contrario, ¿saben lo que voy a hacer? Voy a hablar con un amigo mío que entiende mucho de letras y le voy a decir que escriba las palabras de Jesús, pero que las escriba en griego, para que las lean los griegos, que escriba el evangelio para los que no saben un pepino de Moisés, pero que aman a Dios y lo buscan.

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