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Y Lucas, aquel médico joven amigo de Pablo, recién convertido a nuestra fe, después de hablar con todos nosotros y de recoger muchos datos, por aquí y por allá, escribió su libro para que los paganos también pudieran escuchar y leer la Buena Noticia de Jesús.(4)

Lucas- «Otros antes de mí han escrito estas cosas, tal como se las oyeron contar a los primeros testigos. Yo también, después de haberlo investigado todo cuidadosamente, me he decidido a escribírtelas a ti, que amas a Dios y lo buscas...»

Pasaron unos cuantos años. Por entonces yo estaba en la ciudad de Éfeso. Allí habíamos formado un grupo de cristianos bastante luchadores. Nos reuníamos para compartir el pan, para compartir el bolsillo y para ir abriéndole los ojos a la gente. A mí me pedían siempre que les contara cosas de Jesús, de cómo era, de cómo hablaba. A mí y María, su madre, que desde hacía unos años vivía allí conmigo. Ya estaba muy viejita María... Tendría como unos ochenta años.

María- Juan, hijo, ¿por qué hay tanta bulla ahí fuera?

Juan- Nadie está haciendo bulla, María.

María- Pues a mí me zumban los oídos.

Juan- A ti te pasa como a los caracoles. Aunque los saquen del mar, guardan dentro el ruido de las olas. Tú estás aquí, María, en Grecia, pero tu corazón anda por allá, por el mar de Galilea, por Cafarnaum, por tu aldeíta de Nazaret.

María- ¡Ay, Juan, hijo! ¿Y qué quieres? ¡Son tantos recuerdos!

Juan- Pues mira, hablando de recuerdos, ¿sabes lo que me han pedido los de la comunidad? Que escriba. Dicen que si no, las cosas que hizo Jesús acabaran olvidándose.

María- Pues yo me acuerdo de todo como si fuera ayer.

Juan- Sí, María, tú sí. Y yo también. Pero ellos no. Ellos no conocieron a tu hijo. Y preguntan, y quieren saber. Además, cuando nosotros faltemos, ¿quién les va a decir lo que fue y lo que no fue?

María- Ahí sí tienes razón, Juan, porque yo estoy ya con un pie del otro lado. Mira, tengo un dolor clavado aquí en la es­palda...

Juan- Entonces, ¿qué? ¿Me vas a ayudar?

María- ¿Ayudarte a qué, Juan?

Juan- A escribir las cosas de Jesús.

María- ¡Ay, hijo, pero si yo estoy que no sé ni cómo me llamo! ¡Esta cabeza mía!

Juan- Pero, María, ¿no me acabas de decir que te acordabas de todo?

María- Los viejos decimos muchas cosas. Anda, comienza tú, Juan, comienza tú a escribir y después me lo cuentas.

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