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después de su muerte cuando algunos comen­zaron a poner por escrito lo que Jesús había dicho. Durante todo este tiempo sus palabras y sus hechos fueron pasando de boca en boca. Los comentaban las comunidades que lo habían conocido personalmente y éstas a su vez los transmitían a otras gentes, a quienes se interesaban por saber algo de aquel famoso profeta. Fuera de las fronteras de Israel era indispensable traducir al griego las pala­bras de Jesús, pues era la lengua más común en todo el mundo conocido entonces. Al pasar del arameo al griego, las palabras de Jesús variaron algo. Hay pa­labras arameas que no se traducen exactamente en griego o al revés. Por eso, no se puede tomar «a la letra» todo lo escrito en los cuatro evangelios como palabras salidas tal cual de la boca de Jesús.

En los primeros años bastó con la tradición oral. De palabra se transmitía cuál había sido la buena noticia anunciada por Jesús y esto era suficiente. Al no ser los primeros cristianos gente «de letras» no se pensó en escribir nada. Pero cuando las comunidades se fueron extendiendo por otros países o cuando fueron muriendo los discípulos y los hombres y mujeres de la primera generación cristiana, empezó a pensarse que era urgente poder conservar lo que ellos habían visto y oído de Jesús. Por eso nacieron los evangelios. Se escribieron muchos más que los cua­tro que aparecen en la Biblia, pero algunos textos estaban llenos de historias «maravillosas» y extrañas, tratando de agigantar con eso la figura de Jesús, y otros no eran fieles a la tradición pri­mera, pues falseaban lo que había pasado, exageraban, cambiaban los hechos. Las primeras comunidades cristianas fueron las que deci­dieron que de todos aquellos escritos sólo eran válidos los cuatro evangelios que se leen hoy en la Biblia.

«Evangelio» es una palabra griega que en su origen significó la propina que se entregaba al mensajero que le traía a uno una buena noticia. Más adelante pasó a significar la buena noticia misma. Los evangelios -las buenas noticias de Jesús- no son una biografía, pues no pretenden contar simplemente la vida de un hombre importante, sus hechos o su sicología. Si hubiera sido ésa su intención serían muy incompletos. Tampoco son libros «de memorias» para conservar vivo el recuerdo de un gran personaje. Tampoco son panfletos que busquen entusiasmar al público con la doctrina de un maestro, un mago o un filósofo. Para este fin serían demasiado secos y repetitivos. Fundamentalmente, se escribieron para que las comunidades cristianas llegaran a tener fe en Jesús y para que a partir de esa fe se comprometieran en el mismo ca­mino abierto por él.

Los evangelios son básicamente esquemas de catequesis, de «evangelización», basados naturalmente en lo que Jesús dijo e hizo, pero que resaltan lo que pueda ayudar más a la comunidad, silencian lo que no tiene interés para este objetivo y hasta «crean» episodios o completan por su cuenta algunos acontecimientos, basándose más que en la letra en el «espíritu» de Jesús. Esto ex­plica por qué los cuatro evangelios no son iguales, por qué hay historias que sólo aparecen en alguno de ellos, por qué algunos

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