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Y cuando el mensajero de Betania se fue...

Pedro- Pero, Jesús, moreno, ¿no te das cuenta de que es peligroso?

Santiago- La otra semana quisieron agarrarte, caramba. Si volvemos ahora nos jugamos el pescuezo.

Pedro- Espera a que esté más cerca la Pascua. Con Jerusalén abarrotada de gente es otra cosa. Cuando el río esté bien revuelto, entonces sí podremos echar los anzuelos.

A los dos días de haber recibido al mensajero de Betania, Jesús ya se sentía mejor y nos habló de volver a Judea. A algunos del grupo aquello nos pareció una idea descabellada.

Jesús- Ea, compañeros, olvídense del miedo y amárrense las sandalias, que la luz del sol brilla sólo doce horas y hay que aprove­charla bien. Saldremos mañana en cuanto amanezca. Lázaro nos está esperando. Los amigos son los amigos.

Santiago- Y los enemigos son los enemigos, Jesús. Ellos también nos están esperando.

Jesús- Pues andemos con los ojos y las orejas bien abiertas, Santiago, para que no nos tiren la zancadilla.

Tomás- Y si nos ma-ma-matan, que nos ma-ma-maten. ¡Algún día hay que mo-mo-morir!

Pedro- ¡Por una vez estoy con Tomás! Vamos a Judea, camara­das, ¡y que salga el sol por donde salga!

Al día siguiente salimos de Perea. Atravesamos el Jordán a la al­tura de Jericó. Después de largas horas de camino, vimos las murallas de Jerusalén. Pero pasamos junto a ellas sin entrar en la ciudad. Queríamos llegar cuanto antes a la taberna de Lázaro. Dejamos atrás el Monte de los Olivos y, cuando ya veíamos muy cercanas las blancas casitas de Betania, Marta, levantando el polvo del sendero, salió a recibirnos.(2)

Marta- Jesús, ¡al fin has llegado!

Jesús- ¿Cómo sigue Lázaro, Marta?

Marta- Pero, ¿es que no lo sabes? Ha muerto, Jesús, ha muerto... Hace ya cuatro días. ¿Por qué no viniste antes? Mandamos que te avisaran. Lázaro preguntaba por ti. Sufrió mucho... ¡Ay, Jesús, qué pena más grande!

Marta, con los pelos revueltos y la túnica de duelo, se abrazó a Jesús llorando. Los sollozos sacudían su cuerpo robusto como el viento de la mañana, allá a lo lejos, sacudía las hojas de las dati­leras. La madre de Jesús y las mujeres se unieron enseguida a su llanto. Los ojos de Felipe y Natanael fueron los primeros en humedecerse. Por el rostro de Jesús también corrían las lágrimas. Todos queríamos mucho a Lázaro.

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