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Marta- ¿Por qué Dios se lo llevó, Jesús, por qué? María y yo lo necesitábamos.

Jesús- ¿Dónde está María?

Marta- Allá en casa. No hace más que llorar. Desde hace cua­tro días ni come ni duerme. Voy a buscarla… Se alegrará de verlos.

Con la energía que su cuerpo conservaba, a pesar de la tristeza, Marta echó a correr hada la taberna. Todos, acongojados, sin sa­ber qué decirnos, la seguimos despacio por aquel camino polvo­riento que tantas veces habíamos recorrido con alegría en nuestros viajes a la capital. Cuando cruzamos el portón de la taberna, María salió a nuestro encuentro y, con ella, muchos de los vecinos que estaban con las hermanas consolándolas después del entierro de Lázaro.

María- Jesús, ¿por qué no viniste antes? ¿Por qué?

María, en el suelo, se tiraba de los pelos y se golpeaba la frente contra la tierra.

María- ¡Maldita sea la vida y más maldita la muerte!

Vieja- ¡Y Dios tenga misericordia de todos nosotros, que también vamos a terminar en el hoyo!

Mensajero- Pobres mujeres, se quedan solas. Ahora, ¿quién va a sacar la cara por ellas?

Vecina- Y tú, profeta, ¿por qué no viniste cuando estaba enfermo?

Vieja- E1 gordo Lázaro era un buen hombre. ¡Nuestro padre Abraham lo tenga en su seno!

La taberna de Betania no olía como otras veces a cordero, a vino y a cebolla. Estaba de luto. Y el perfume del incienso quemado durante aquellos días llenaba aún las habitaciones. Ya se habían apagado los lamentos de las plañideras y la música de las flautas. Un grupo de vecinos y algunos huéspedes acompañaban a Marta y María llorando con ellas. Cuando nos lavamos los pies y nos sentamos en el cuarto grande, cerca de la cocina, nos parecía que Lázaro, con su sonrisa de siempre, iba a aparecer por cualquier rincón de su taberna, a darnos la bienvenida.

Hombre- ¡La panza más grande de Betania y también el co­razón más grande!

Vecina- ¡Y dígalo, Serapio! Si hubo un hombre honrado en este pueblo ése era el hermano de ustedes, muchachas. Más de­recho que un ciprés y más bueno que la miel, sí señor.

María- No tenía que haber muerto, no. Era joven, era fuerte...

Vieja- Paciencia, mi hija, paciencia.

Pedro- ¿Y qué demonios de enfermedad fue ésa?

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