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Marta- De repente. Se cayó ahí en la cocina, con el caldero en la mano, como si lo hubiera quemado un rayo. Unos días en la cama, sin moverse, y se acabó.

Pedro- Qué desgracia… Y ahora, ¿qué van a hacer ustedes?

María- ¿Qué vamos a hacer, Pedro? Mi hermano era el cora­zón de esta taberna. Ahora ya se acabó todo.

Jesús- No, María. A Lázaro le gustará ver que ustedes siguen trabajando, que su negocio va para adelante.

Vieja- ¿Y cómo va a ver eso, si a los muertos los gusanos les comen los ojos?

Jesús- Abuela, los muertos siguen viéndonos y queriéndonos porque... siguen vivos.

María- Tú dices eso para consolarnos, Jesús, pero... eso no es verdad.

Jesús- Sí, es verdad, María. La muerte es una despedida corta, no es más que eso. Un poco de tiempo y no nos vemos. Otro poco y nos volveremos a ver. Ahora lloramos, pero llegará el día en que nos encontremos todos juntos en la casa de Dios y allí se acabarán las lágrimas. Créeme, María: los muertos no están muertos; siguen vivos con Dios.

María- ¿Mi hermano también?

Jesús- Tu hermano también. Lázaro no está muerto. Está dormido. Y Dios se encargará de despertarlo. ¡Él está vivo, María!

María- ¡Vivo! ¡Pero yo no lo oigo reír ni lo veo entrar ni salir por esa puerta, con el delantal lleno de grasa! Hace sólo cuatro días y me parece que hace cuatro años que se fue.

Jesús- Lo volverás a ver, María.

María- No, Jesús, no me engañes. Con la muerte se terminó todo.

Jesús- Al contrario, comenzó todo. Mira, María, si un niño, cuando va a nacer, pudiera hablar, diría que no, que él no quiere salir. Pensaría que ya se acabó todo para él. Sí, se le acabó el calor y la tranquilidad junto al corazón de su madre. Pero, cuan­do sale fuera, empieza una nueva vida, viendo la luz del sol, viendo los colores del mundo. Cuando nos morimos pasa lo mismo: nos da miedo, lloramos... La verdad es que estamos naciendo por se­gunda vez, naciendo a una vida mucho mejor que ahora no pode­mos ni soñar.

María- Eso suena bonito, Jesús. Pero yo sólo he visto que cuan­do uno muere lo echan en la tierra y se pudre.

Jesús- También se pudre la semilla y de ella nace un árbol nue­vo que da flores y frutos.

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