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Jesús se volvió hacia Marta, la otra hermana de Lázaro, que per­manecía silenciosa, junto a la grasienta mesa de la taberna, con los ojos rojos de tanto llorar.

Jesús- ¿Dónde lo enterraron, Marta?

Marta- Ahí, Jesús, en el jardín del herrero, detrás del patio. ¿Quieres ir?

Jesús- Sí, vamos.

Todos salimos fuera. Era mediodía y el sol nos hirió los ojos. Al llegar al jardín y acercarnos a la roca donde estaba excavada la sepultura, Marta y María, en tierra, lloraron sin consuelo. Jesús, al verlas, se llevó las manos a la cara y se echó también a llorar.

Vieja- Se ve que el profeta lo quería mucho.

Jesús- Lázaro, ¿cómo no nos esperaste para celebrar juntos esta Pascua? ¿Por qué tuviste tanta prisa, compañero?

Jesús, con los ojos llenos de lágrimas, se quedó mirando fijamente la blanca y redonda piedra del sepulcro.(3) Estaba rezando. Tam­bién nosotros rezábamos entre susurros ante la tumba de nuestro amigo.

Jesús- Padre, yo te doy gracias porque no has querido que la tierra se trague a los muertos. Es tu mano la que los pasa de la muerte a la vida, como pasaste a nuestros padres a través del Mar Rojo. Tú eres la resurrección y la vida y todo el que cree en ti, aunque haya muerto, vivirá. Sí, Padre, los huesos secos se levan­tarán.(4) ¡Que venga tu Espíritu desde los cuatro vientos y que sople sobre los muertos para que vivan!

No se movía ni una hoja. Jesús temblaba.

Jesús- Por favor, ayúdenme a rodar la piedra de la tumba.

Marta- Pero, Jesús...

Jesús- Sí, Marta, para que pueda entrar el viento.

Marta- Jesús, pero, ¿qué dices? Ya hace cuatro días... y olerá mal.(5)

Jesús- Hazme caso, Marta. Por favor ayúdenme a rodar la piedra.

Estábamos desconcertados. Pero Santiago, Judas, Simón y el herrero se acercaron al sepulcro y empezaron a hacer esfuerzos para rodar la piedra. Todos nos estremecimos como si estuviéramos al borde mismo de un precipicio. Ya nadie lloraba. Tenía­mos los pelos de punta. Y no podíamos apartar la mirada de aquel agujero negro que empezaba a recortarse ante nuestros ojos. Cuando estuvo abierto, sentimos en la cara una bocanada de aire frío mezclado con el olor penetrante de la mirra.

Jesús- ¡Lázaro, hermano, ven! ¡Vuelve a la vida!(6)

Betania queda a un par de millas de Jerusalén, muy cerca del valle de Josafat, donde, según la tradición de mis paisanos, Dios levan­tará a

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