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La Palmera Bonita, en Betania, rebosaba de gente. Marta y María habían preparado una gran fiesta en la taberna para celebrar la vuelta de Lázaro a la vida. A todos nos parecía que estábamos soñando cuando veíamos a aquel hombre, con su panza y sus car­cajadas de siempre, gastando bromas y comiendo hasta hartarse. De vez en cuando, Pedro y yo nos pellizcábamos para comprobar que todo era cierto. Y, como lo era, seguíamos riendo y brindando por la vida que Dios le había devuelto a nuestro amigo.

Pedro- Ni mi Rufi, que ya es decir, ha cocinado nunca un cordero tan sabroso como éste.

Felipe- Los corderos del Reino de Dios sabrán así, ¿no, Jesús?

Marta- Te sirvo más, Felipe. ¡Y a ti, Pedro! ¡Ea, paisanos, por comida que no falte! ¡Y por bebida tampoco! ¡Si es necesario abrimos otro barril!

María- ¡Otro barril! ¡Diez barriles! ¡O cien! ¡O cien mil! ¡Que la alegría pide vino y el vino trae alegría! ¡Y hoy es el día más alegre en la historia de la Palmera Bonita! ¡Amigos, hoy invita la casa!

Lázaro- ¡Y mañana cierra la casa! ¡Ja, ja! Porque a este paso entre Marta y tú me van a matar otra vez, pero no de enfermedad, sino de deudas. ¡Ja, ja, ja! ¡Qué hermanas más locas, cielo santo! Dime, Jesús, ¿será que Dios me ha sacado de la tumba para ver cómo mis hermanas me arruinan en un solo día? Un disparate, un disparate, ¡ja, ja, ja! ¡Ea, echa más vino en la jarra y tráeme otra pata de cordero que tengo hambre de cuatro días!

Lázaro reía con gusto y comía con más gusto aún. Marta y María habían mandado matar los diez corderos más gordos del redil y habían gastado todos los ahorros de los últimos meses en comprar vino, dátiles, higos y pasteles. Después, corrieron de casa en casa invitando a todos los vecinos de la aldea para que vinieran a la fiesta.

Viejo- Pues yo, Lázaro, ¿qué quieres que te diga? Les agradezco a tus hermanas estas locuras que han hecho y esto de tirar la casa por la ventana. Ya se me estaba olvidando a mí lo que era comer caliente. ¡Y, la verdad es que tener la panza repleta es una bendición del cielo!

Pedro- ¡Tiene razón el viejo Teclo! ¡Barriga llena, corazón con­tento!

María- ¡Y mayor la contentura, si comienza el baile! ¡Vamos, vecinos, vamos al patio, a bailar todo el mundo! ¡Después ya habrá tiempo para seguir chupando huesos! ¡Ea, muchachos, ¿quién de ustedes sabe tocar la Danza de las Cabrillas?

Viejo- ¡Eso es cosa mía! A mí me enseñó mi abuelo. ¡Traigan esa flauta!

María- Y tú, Felipe, ¿no sabes tocar los tamborcitos?

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