X hits on this document

860 views

0 shares

0 downloads

0 comments

4 / 310

Aquella noche soplaba el viento helado de Temán. Yo tenía sueño de muchos días y me bajé del camello, me enrollé en mi manta de lana y me quedé dormido sobre la arena. Y mientras yo dormía, el camello se asustó con el silbido del viento, se espantó y se perdió en la noche.

Tobías- Eh, ¿dónde diablos te metiste, bestia de las mil rebeldías? ¡Camellooo! ¡Camellooo! ¡Maldita sea, cuando vuelvas te voy a cortar la joroba de un solo tajo!

Pero el camello no volvió. Mi único compañero en aquel interminable camino me había abandonado. Y con él se había ido el cántaro de agua, la comida y la lámpara.

Tobías- ¡Camellooo! ¡Camellooo!

Me sentí desamparado en aquella inmensa oscuridad. No alcanzaba a ver ni la palma de mi mano. Entonces eché a andar, a caminar sin saber hacia dónde, a caminar hundiéndome en esas lomas de arena del desierto, donde sólo viven los escorpiones.

Tobías- ¡Camellooo! ¡Camellooo!

Tenía sed, hambre, cansancio. Pero eso no era lo peor. Lo peor era que estaba completamente solo. Amaneció y no había nada ni nadie a mi alrededor. Seguí caminando. Vol­vió la noche sin luna, cerrada sobre mi cabeza como una losa de sepulcro. Yo corría, gritaba, pero nadie me respon­día, nadie. Estaba completamente perdido y completa­mente solo.

Tobías- Y así estuve cuatro días y cuatro noches en aquel infierno.

Pedro- ¿Y cómo saliste de allí, paisano?

Tobías- Me salvaron las estrellas. Ellas son las amigas más fieles que tiene un camellero. Poco a poco, me fueron orientando hasta que atisbé, a lo lejos, una pequeña aldea que le dicen Guerar. Les juro, amigos, que cuando vi a una persona, corrí hacia ella y me tiré a sus pies y se los besé y grité de alegría. Ya no estaba solo. Créanme, prefiero que me quemen en la Gehenna si tengo a alguien junto a mí, que volver a sentirme como allá, sin nadie a mi lado. Porque eso es el infierno: quedarse solo.

Cuando Tobías, el camellero, terminó su relato, todos respiramos hondo, como si también nosotros acabáramos de salir del desierto. Las lamparitas de aceite seguían chisporroteando sobre las paredes de la taberna.

Pedro- ¡Uff! Oigan, compañeros, ¿por qué no cambiamos de conversación? Tengo los ojos del cordero bailándome aquí en la tripa.

Susana- No me extraña, Pedro, con tanto infierno... ¡Ea! ¿Por qué no subimos un rato al cielo? Allá, por lo menos, uno no se sentirá tan solo, digo yo.

Felipe- Yo no sé usted, doña Susana, pero aquella de los siete maridos, sí que tendrá donde escoger, ¿no es así, saduceo?

Document info
Document views860
Page views860
Page last viewedSat Dec 10 03:12:58 UTC 2016
Pages310
Paragraphs4836
Words127592

Comments