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Lázaro- Pero, María, ¿qué estás diciendo? Estás borracha.

Marta- Borracha, sí, borracha de alegría. Y Jesús es el culpable. ¡Bendita sea la hora, moreno, en que entraste por esa puerta! ¡Antes te lavé los pies con agua, pero ahora te los voy a lavar con perfume, como a un gran señor!

María rompió el cuello del frasco y derramó sobre los pies de Jesús el aceite de nardo.(2) Creo que era como medio litro. Enseguida el perfume llenó toda la taberna.

Pedro- ¡Recuernos! ¡Parece como si uno tuviera un jardín entero metido en el hocico!

Lázaro- Pero, ¿cuántos denarios te ha costado esa ocurrencia, cabeza loca?

María- No te lo digo, porque me vas a regañar, Lázaro. ¡Pero un día es un día, qué caramba!

Felipe- ¡Esto huele a gloria, sí señor!

Pedro- ¡Si corrió el perfume, que siga corriendo el vino! ¡Vamos, compañeros! ¡Un brindis ahora por la cabeza loca de María!

La fiesta duró hasta pasada la medianoche. Los vecinos volvieron felices a sus casas. Las mujeres y algunos del grupo se acostaron, rendidos de cansancio. Lázaro, Marta y María los siguieron pron­to. Mi hermano Santiago y yo, Judas, Pedro y Felipe nos queda­mos todavía un rato más en el patio, conversando con Jesús. La luz de la luna llena había borrado del cielo las estrellas y nos iluminaba las caras.

Felipe- Eh, moreno, ¿qué pasa? Has estado muy callado durante la comida.

Pedro- ¿Callado? ¡Tragando! ¡La lengua no puede andar en dos faenas a la vez! ¡Este Jesús no había terminado con una cos­tilla cuando ya le estaba metiendo mano a la otra!

Felipe- ¡Y tú también, Pedro, que te vi yo! ¡Yo no le he con­tado nunca las costillas a un cordero, pero caramba, Jesús y tú tenían en el plato las de un rebaño entero! ¡Ja, ja, jay!

Santiago- ¡Qué tonto eres, Felipe! ¡Y tú, Pedro! Ya esta­mos en confianza, Jesús. Dilo sin rodeos.

Jesús- ¿Que diga qué, Santiago?

Judas- Vamos, moreno, ahora no tienes que andar disimulando. Sabemos de sobra por qué has estado tan callado durante la fiesta. Santiago y yo lo hablamos hace un momento. Y pensamos lo mismo que tú.

Jesús- Pero, ¿de qué se trata, Judas? De veras, no entiendo.

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