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Santiago- A divertirnos sí, Pedro. Pero no a derrochar, que una cosa es una cosa y otra es otra. Di que no, Jesús, anda, di que no.

Jesús- Yo no sé, Santiago, pero a mí me parece que más cerca del Reino de Dios están los botarates que los tacaños. Sí, de veras, no pongas esa cara. Yo pienso que Dios también está un poco chiflado como María. Dios no saca muchas cuentas ni usa ba­lanzas ni medidas. Lo que tiene, lo da, lo regala, así, sin más.

Judas- Pero, Jesús, ¿cómo puedes salir ahora con esto, tú que has gastado toda tu saliva hablando de justicia y de luchar por los miles de hombres y mujeres que no tienen ni un pedazo de pan que llevarse a la boca?

Jesús- Precisamente por eso, Judas, porque son miles y la lucha es larga y hay que sacar un tiempo para todo. Hay un tiempo para guardar y otro para gastar.

Felipe- Eso mismo le digo yo a Natanael: tómalo con calma, Nata, que no por mucho madrugar se amanece más temprano. Pero él no: del taller a la casa, de la casa al taller... ¡Así se le cayó el pelo tan pronto! ¡Jajay! Y lo mismo les va a pasar a us­tedes dos, Santiago y Judas, que se pasan el día dale que dale con lo mismo y no saben descansar.

Jesús- ¡Y yo digo que hasta el mejor vino, si se pasa un poco, se vuelve vinagre!

Pedro- Eso, Jesús. No hay que darle tantas vueltas a las cosas, compañeros. A cada día le basta lo suyo, ¿no es eso? Pues enton­ces hay que abrir la mano y tomar lo que traiga cada día. Hoy trajo fiesta, pues fiesta. Si mañana trae llanto, pues llanto.

Felipe- ¡Y cuando traiga perfume de nardo, pues perfume de nardo, qué caray, que tampoco uno va a estar oliendo siempre a cebolla y pescado!

Un rato después nos fuimos a acostar, cansados y contentos. Al cerrar los ojos, recordé a María, la hermana de Lázaro, bailando feliz, riéndose, derrochando alegría por todos los poros de su cuerpo. Creo que nadie mejor que ella entendió que el Reino de Dios es una fiesta.

Mateo 26,6-13; Marcos 14,3-9; Juan 12,1-8.

1. En Jerusalén existía una industria de elaboración de perfumes y ungüentos aromáticos. Los perfumes se usaban en el Templo para quemarlos y así dar agradable olor durante las ceremonias religiosas. También se vendían al público. Eran considerados generalmente un artículo de lujo y la mayoría eran importados de países orientales. Se importaban también los vasos de alabastro don­de solían guardarse las esencias. Los recipientes venían de Egipto y algunos artesanos locales habían logrado hacer buenas imitaciones de ellos. El oficio de vendedor de perfumes no era muy bien visto.

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