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bajando lomas. Así esta­mos en paz. Ah, las tunantas, tendrían que haberlas visto delante de todo aquel valle verde. Como muchachos co­miendo pasteles.

Ñato- No, si no tengo que verlas. ¡Si los animales tienen más suerte que nosotros! Es justo, es justo... Dime tú si es justo que ellas vengan atiborradas y nosotros no ten­gamos más que cuatro dátiles y un trozo de queso. ¡Yo no pensé que el oficio de pastor fuera tan malo, caramba!

Sirio- ¿Y quién te mandó meterte en esto, Ñato?

Ñato- Nadie, pero ¿qué quieres? No encontré nada mejor. Ahora, eso sí: te juro por ese lunar que tienes en la calva, Sirio, que enseguida que pueda, ¡adiosito, compañeros! Yo me cansé ya de andar para arriba y para abajo y de ordeñar animales.

Sirio- ¡Y encima, para ganar cuatro céntimos! ¡Yo tam­bién estoy hasta la coronilla de todo esto! ¡Al diablo con las ovejas!

Ñato- ¡Y al requetediablo con el patrón!

David- Ustedes hablan así porque las ovejas no son suyas. Si las ovejas fueran de ustedes, les tendrían cariño.

Claro, el Sirio y el Ñato eran pastores de ésos que son asalariados. Los rebaños que cuidaban eran de dos grandes comerciantes de Tékoa. Y ahí está la cosa, que como las ovejas no eran suyas y la faena de pastor es dura, este par no trabajaba bien: uno lo hacía a desgana y el otro con muy mala sangre. David, al revés: aquellas cuarenta ovejas eran su tesoro y él ponía en ellas su corazón.

David- Ea, amigos, sigan maldiciendo a los animalitos mientras se comen su queso, que yo me voy a dormir. Me caigo de sueño y mañana tengo que madrugar. Quiero llevar a las tunantas hasta Belén. Los pastos de por allá son los mejores.

Ñato- ¡Y las culebras de por allá son las más listas!

David- Bah, con la vara a punto y el ojo abierto, no hay culebra que se te escape. ¡Bueno, que sueñen con el ban­quete del Mesías para que se consuelen!

El sol no había aparecido todavía y sus compañeros no se habían sacudido el sueño y David ya estaba en pie. Todos los días igual. Madrugaba como los gallos, se llenaba el zurrón con pan y queso, metía vino en la cantimplora, se amarraba su vara a la espalda y guardaba en el bolsillo la honda. Después, apretaba fuerte el cayado, ¡y a caminar!

David- ¡Andandooo! ¡Andandooo! ¡Que hoy habrá buen pasto y mucha agua para todas! ¡Margarita, no te sepa­res! Blanquita! ¡Andandooo!

Una noche, los aullidos de los lobos se oyeron en la aldea de Tékoa.(3) Y a las ovejas de todos los rebaños se les pusie­ron las lanas de punta, porque olían el peligro.

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