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Pastor- ¡Maldición! ¡Tenían los colmillos afilados como espadas y los ojos como brasas!

David- ¿Cuántas?

Pastor- Diez. Agarraron a diez.

A la noche siguiente, volvieron los lobos…

Pastor- Y yo, ¿qué iba a hacer? Eché a correr mon­te arriba, y las ovejas que pudieron escaparse, detrás de mí... Como son tan tontas, no sabían ni por dónde escapar.

David- ¿Cuántas?

Pastor- ¡Y yo qué sé! Unas catorce. A varias las deja­ron malheridas, sangrando, con el cuerpo lleno de aguje­ros. Las tuve que rematar yo a palos, qué remedio.

Y así un día y otro día…

Pastor- Era casi de noche. Vinieron de repente y se lanzaron sobre el rebaño y...

David- ¿Cuántas?

Pastor- Ni las conté. ¡Muchas! ¡Fueron muchas!

Por las noches, los lobos aullaban allá arriba, en los montes. Luego bajaban y organizaban la carnicería. Mataron mu­chas ovejas. Los pastores de Tékoa estaban muy alarmados, imagínense. Y David, más que todos ellos.

David- Tenemos que hacer algo, camaradas, ¿no les parece?

Sirio- Ni algo ni nada. ¿O es que tú no sabes que los lo­bos son los amos? ¡Vienen del mismísimo infierno! No hay quien pueda con ellos.

David- ¡Cuentos! Si le cortáramos el pescuezo al lobo jefe de la manada, los demás se irían de aquí y no seguirían matándonos las ovejas. Lo que pasa es que somos unos cobardes.

Ñato- ¿Cobardes? Bueno, sí, cobardes, ¿y qué? Mira, yo no arriesgo mi pellejo por ninguno de estos animales. Hazlo tú que, de tanto quererlos, ya se te está poniendo hasta cara de borrego.

Aquella noche David no se metió en el jergón donde dormía. Se quedó fuera, recostado junto a uno de los tablones del redil. Algo presentía el muchacho.

David- Que vengan, que vengan... ¡Van a saber quién soy yo!

Pasada la primera vela de la noche, los lobos dejaron de aullar.

David- Vaya, vaya, deben haberse quedado roncos con tanta canción.

Al cabo de un rato, a David se le cerraron los ojos. Fue cosa de un pestañeo. Dos lobos grandes y negros saltaron las tapias del redil y cayeron como un rayo sobre las ovejas.

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