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Felipe- Ahummm... ¿Qué pasa aquí, si se puede saber? ¿A qué viene tanto alboroto?

María- ¡Una vecina que ya tiene los dolores y en toda Betania no hay mejor partera que mi hermana Marta!

Felipe- Bueno, no es que yo quiera dármelas, pero a más de un becerro ya le he cortado la tripa del ombligo. Así que, si hay que ayudar en algo...

María- La ayuda tuya es quedarte aquí tranquilo en la taberna. ¡Vamos, Marta, de prisa! Anda, Felipe, vete a dormir con los demás.

Felipe- ¿Y quién va a dormir con esos chillidos? ¿Por qué las mujeres no aprenden a parir de día, eh?

Marta y María, las hermanas de Lázaro, salieron de la taberna y entraron en el portal vecino. Pasaba ya de la medianoche. Era una casucha pobre y desvencijada, como la de todos los campesinos de Betania. Las paredes de adobe estaban ahumadas por las lamparitas de aceite. En un rincón, junto a los cacharros de la cocina y un lío de ropa, estaba preparado un cántaro de agua, un cuchillo limpio y una toalla. En el otro rincón, lamentándose so­bre una estera de paja, estaba recostada la pobre Susa, con las dos manos sujetándose el vientre. A su lado, y sin saber qué hacer, el marido esperaba.

María- ¡Yo digo que van a ser mellizos porque esa barriga parece el monte Tabor!

Lucio- ¡Uff! ¡Que Dios no la oiga, vecina! Si ya paso trabajo para alimentarla a ella, ¿qué será con dos bocas más?

Marta- No se preocupe, buen hombre. Dicen que todos los niños vienen con un pan bajo el brazo.

Lucio- ¡Entonces el mío nacerá manco, estoy seguro!

Marta- Vamos, Lucio, usted espere fuera. Cuando el niño nazca, ya le avisaremos.

Mientras Marta se arremangaba la túnica para asistir a su vecina, el marido de Susa vino buscando compañía a la taberna.

Felipe- ¡Caramba con tu mujer, Lucio, chilla como si la estuvieran despellejando viva!

Lucio- ¿Y qué quieres que haga, Felipe? ¡El niño es más cabezón que tú, y no puede salir! Lleva cuatro horas pujando por dar a luz... ¡y nada!

Pedro- Y nosotros, cuatro horas pujando por dormir... ¡y nada tampoco! ¡Ea, Lázaro, alégranos la noche con un par de jarras de vino, no seas tacaño!

Lázaro- Bien dicho, Pedro. ¡Al mal tiempo, buena cara!

Felipe- Pues mira las otras caras que se asoman por ahí. ¿Qué, Santiago, tampoco tú puedes pegar ojo? ¿Ni tú, Natanael?

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