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Jesús- Yo pensé que ya se había acabado. Entre los gritos de la mujer y los de ustedes...

Jesús se sentó con nosotros en la destartalada mesa de la taberna, mientras Lázaro llegaba con otra jarra de vino.

Lázaro- ¡Camaradas, este parto va para largo! Ea, Jesús, bebe un trago, límpiate las legañas y dilo sin rodeos: ¿cuándo demo­nios se va a acabar el mundo, eh?

Jesús- Pero, ¿qué pulga les picó a ustedes para estar discutiendo de eso a estas horas?

Felipe- Porque hay que ser precavidos, ¡qué caray! ¡Hay que ir comprando la madera y la brea para fabricar el arca! ¿Tú no dijiste que viene un diluvio peor que el primero? ¿O ya no te acuerdas?

Jesús- ¿Yo dije eso, Felipe?

Felipe- Bueno, y si no lo dijiste tú, da lo mismo. Porque está escrito. Lo dicen todos los profetas en las escrituras santas.

Jesús- Lo que está escrito es que ya no habrá ningún diluvio. Dios se lo prometió a Noé.

Felipe- Está bien, con agua o sin agua, eso me es igual. Pero lo que sí habrá es terremotos y cosas espantosas en el cielo y en la tierra cuando llegue el último día. ¿Es o no es así?

Jesús- Yo no sé, Felipe, eso era lo que pensaba el profeta Elías, y luego, mira la sorpresa que se llevó.

Elías- No puedo más, no llegaré nunca. Basta ya, Señor.

Jesús- Elías iba atravesando el inmenso desierto del Neguev, de camino hacia el Sinaí, la montaña de Dios. Iba tan cansado, que se tiró bajo una mata de retama, se deseó la muerte y se durmió. Pero un mensajero de Dios vino a despertarlo.

Mensajero- ¡Elías, Elías! ¡Vamos, levántate y come algo. Tienes un largo camino por delante.

Elías- ¿Cuánto falta para llegar? Dímelo, por favor.

Mensajero- No preguntes cuánto falta. Ponte en camino. A cada paso tuyo, Dios da otro paso hacia ti. Vas hacia Aquel que viene.

Jesús- Elías se levantó, comió, y echó a andar a través del desierto, con el sol hirviéndole sobre la cabeza. Caminó cuarenta días y cuarenta noches y, al fin, llegó al monte Sinaí.

Elías- ¡Uff! Ahora veré a Dios. Ahora sabré cómo es él. He llegado al final del camino. ¿Dónde estás, Señor, cómo eres tú?

Jesús- Elías subió al monte para ver a Dios. Y lo primero que vio fue un huracán que pasaba. Soplaba tan fuerte y levan­taba tanta arena que el sol se oscureció, la luna perdió su brillo y todas las lámparas del cielo, las estrellas grandes y las pequeñas, se apagaron con la furia del viento.

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