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Elías- ¡Dios mío, Dios mío, al fin te conozco! ¡Tú eres el estampido de la tormenta y la violencia del huracán!

Jesús- Pero nadie respondió a su voz, porque Dios no estaba en los truenos ni en las ráfagas del viento. Después, comenzó la tierra a temblar. Y el terremoto era tan fuerte que las columnas del mundo se tambalearon, las montañas se rajaron de arriba a abajo y las rocas se quebra­ron en mil pedazos.

Elías- ¡Dios mío, al fin te conozco! ¡Tú eres la sacudida del terremoto!

Jesús- Pero nadie respondió a su voz, porque Dios tampoco estaba en el rugido de la tierra ni en la avalancha de las piedras. Después, se levantó un fuego grande. Una hoguera crepitante surgió de las entrañas del mundo y arrasó con todo, y no dejó más que polvo y ceniza.

Elías- ¡Al fin, Señor, al fin sé cómo eres, un fuego abrasador!

Jesús- Pero el fuego guardó silencio, porque Dios tampoco estaba en la terrible llamarada. Y, al final, se oyó como el susurro de una brisa suave. Era como un soplo que refresca, como el aliento de un pa­dre en la frente de su hijo o como el beso de una madre en la mejilla. Y Elías, el hombre que ardía en celo por Yavé, el profeta del rayo, del fuego y del terremoto, com­prendió que Dios estaba allí, en aquella brisa ligera... Así fue el encuentro de Elías con Dios. Y yo pienso que así será también nuestro encuentro con él al fin del mundo.(1)

Lázaro- Bueno, bueno, está bien, Jesús, con huracán o con brisa suave, pero yo vuelvo a lo de antes: ¿cuándo demonios se aca­ba esto?

Felipe- Digo lo mismo que Lázaro: ¿cuándo va a sonar la trompeta, eh?

Jesús- Y qué sé yo, Felipe. Eso es asunto de Dios. El asunto nuestro es vigilar y estar preparados como los buenos siervos que esperan despiertos hasta que llegue el patrón. Lo demás, es cosa de Dios.

Pedro- Vamos, moreno, que entre amigos no debe haber secretos. A lo mejor Dios te guiñó un ojo a ti y te dijo ya la fecha.

Jesús- O a lo mejor no hay fecha, Pedro. Porque el Reino de Dios no cae de arriba como el maná. El Reino de Dios hay que amasarlo entre todos, como el pan.

Pedro- Pues nosotros ya llevamos tres años amasándolo, ¡caramba!

Jesús- Todavía falta un poco, Pedro. Todavía hay que caminar un buen trecho como Elías hasta llegar al Sinaí.

Lázaro- Pero, dime, Jesús, ¿veremos algún día el final?

Jesús- Antes habrá que ver guerras y desastres porque todavía hay mucho egoísmo en el mundo. Los de arriba no quieren aflojar la

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