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cuerda y nosotros no podemos echarnos a dormir bajo una reta­ma. No, habrá que pelear, y duro. La lucha será larga, sí. Nos perseguirán y gritaremos más que tu mujer, Lucio. Y eso no será más que el comienzo de los dolores, hasta que estalle el huracán de los pobres reclamando justicia y la lucha se haga tan encar­nizada que las naciones de la tierra y los poderosos de este mundo tiemblen por lo que se les viene encima. Todo esto tendrá que pasar primero. Son los gritos del mundo que está dando a luz.

Lázaro- ¿Y... y después, Jesús?

Jesús- Después, cuando este mundo viejo haya pasado, vendrá la brisa suave: un cielo nuevo y una nueva tierra donde ya no ha­brá llantos, ni guerras, ni hambre, ni dolor. Y aparecerá sobre las nubes del cielo, la señal de Dios, el arco iris de la paz. Y los hijos y las hijas de Dios, todos los hombres y mujeres de buena voluntad, heredaremos la tierra y podremos vivir en paz y ser libres.

Felipe- Pero, nosotros... ¿nosotros veremos ese día, Jesús?

Jesús- No lo sé, Felipe. A lo mejor sí. O a lo mejor lo verán nuestros nietos, o las nietas de nuestros nietos. No importa. Pero ese día llegará. Tarde o temprano, los pobres cantaremos victoria. Dios lo prometió y su palabra no falla. El cielo y la tierra pasarán, pero esta promesa de Dios no fallará.

En ese momento, entró María por la puerta de la taberna gritando y alborotando.

María- ¡Eh, ustedes, charlatanes, corran, que ya nació! ¡Un varoncito más salado que el agua del mar!

Y todos fuimos corriendo a casa de Susa, aquella vecina de Betania, que después de tantas horas de esfuerzo, ahora descansaba tranquila mientras Marta lavaba al muchachito recién nacido.(2)

Marta- ¡Mira qué preciosidad, Lucio! ¡Se parece a ti!

María- Qué va, se parece a la madre, ¡mírale los ojitos y la naricita!

Felipe- ¡Ea, Lázaro, trae vino de la taberna y vamos a brindar por el nuevo israelita que ha puesto sus patas en este mundo!

Pedro- ¡Y por el papá, que está más contento que si hubiera cantado el Cantar de los Cantares!

Lázaro- ¡Y por la madre, que ha hecho el mayor trabajo!

Lázaro nos trajo el mejor vino de su taberna y nos quedamos con­versando en el patio de la casa de Lucio hasta que los gallos anun­ciaron el nuevo día. Susa, que había pasado tantos dolores du­rante aquella noche, ya no se acordaba del aprieto por la alegría de tener un hijo en su regazo.

Mateo 24,3-51; Marcos 13,3-37; Lucas 12,41-48; 17,26-37, 21,7-36.

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