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Jesús- Por el hueso más duro de roer. Por el Templo. La familia del sacerdote Anás lo ha ensuciado con sus negocios y sus trampas. Vamos allá. ¡Por ahí comenzaremos a limpiar el país!

María- Hijo, por el amor de Dios, ¿quién te ha calentado la cabeza? ¿Quién te ha metido esta fiebre en el cuerpo?

Jesús- ¡Dios, mamá! Esto es asunto de Dios. ¡Iremos al Templo en el nombre del Dios de Israel!

Judas- ¿Cuándo salimos, Jesús?

Jesús- Ahora mismo, Judas. ¿A qué esperar más? Lo que hay que hacer, se hace pronto. Ea, compañeros, vamos todos. Lázaro, cierra la taberna. Mamá, Susana, María... vengan ustedes también, mujeres y hombres, todos hacen falta. ¡Hasta los niños gritarán con nosotros y romperán las piedras con sus gritos!

Estábamos enardecidos. A pesar del miedo y del riesgo, salimos fuera de la taberna. Eramos una docena de hombres, seis mujeres y Jesús. En dos zancadas llegamos a la pequeña plaza de Betania donde estaba el pozo de agua. Jesús se trepó en el brocal y desde allí llamó a los vecinos.

Jesús- ¡Amigos de Betania! ¡Vengan todos, vengan todas, y escuchen nuestras palabras! ¡Les anunciamos una buena noticia para todo el pueblo! ¡Ha llegado el Reino de Dios y la justicia de su Mesías! ¡Dios viene a reunir a los que estábamos dispersos! ¡Él nos abre un camino y sube delante de nosotros! ¡Dios va en cabeza y nos regalará la victoria!

Simón- ¡Así se habla! ¡Que viva el Mesías!

Todos- ¡Que viva!

Susana- ¡Que viva el Hijo de David!

Todos- ¡Que viva!

Jesús- ¡Amigos de Betania, Dios está con nosotros! ¡Los que tengan fe, sígannos! ¡Los pobres, los que lloran, los que pasan hambre, los humildes de la tierra, vengan con nosotros!

Todos- ¡Libertad, libertad, libertad, libertad!

La aldea de Betania se puso en movimiento. La gente aplaudía y vociferaba y, en pocos minutos, todos los vecinos se apiñaron en torno a nosotros y echaron a andar por el atajo de las datileras, rumbo a Betfagé.

Pedro- ¡Arriba el que viene en el nombre del Señor!

Todos- ¡Arriba! ¡Hosanna!

Los peregrinos galileos que acampaban en las posadas del camino, cuando oyeron aquel alboroto, dejaron las jarras de vino y los dados y se unieron al grupo. Las mujeres se asomaban a las ven­tanas y nos saludaban con los pañuelos y las escobas en alto. Varios muchachos

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