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cortaron ramas de laurel y hojas de palmera y las agitaban en el aire como si fueran espadas. El griterío era ensordecedor.

Felipe- ¡Eh, Jesús, aquí nadie oye nada! ¡Habla más fuerte!

Jesús- ¿Y qué hago, Felipe? ¡Tendría que subirme en una datilera para poder hablarle a tanta gente!

Felipe- ¡En una datilera no, pero en un caballo sí! Eh, paisano, ¿nadie tiene un caballo por acá?

Susana- ¡Los caballos los tienen los soldados y los centuriones!

Felipe- ¡Pues un burro entonces, caramba! ¡El Mesías de los pobres irá montado en un burro!

Pedro- ¡Tú, muchacho, corre a la aldea y desata el primer burro que encuentres y tráelo acá! ¡Ve, anda, que Jesús lo necesita!

Cada vez nos seguía más gente. Nosotros, los doce, íbamos con Jesús, abriendo la marcha. María, su madre y las otras mujeres habían olvidado ya el miedo del primer momento y ahora gritaban a voz en cuello, mezcladas con todas las vecinas de Betania y de las posadas. Un campesino le prestó su burra a Jesús y él se montó en ella para hablarle mejor a la gente.

Jesús- ¡Amigos, ha llegado el día grande del Señor! ¡Queremos justicia hoy, no mañana! ¡Queremos libertad hoy, no mañana!

Todos- ¡Hosanna, hosanna, justicia hoy, no mañana! (5) ¡Hosanna, hosanna, justicia hoy, no mañana!

Cuando llegamos a Betfagé, todo el pueblo estaba en la calle. Al­gunos, en un entusiasmo desbordado, tiraban los mantos sobre las piedras del camino por donde Jesús iba a pasar. Otros levan­taban ramas de olivo vitoreando al Mesías.

Judas- ¡Arriba el profeta de Galilea, hosanna!

Todos- ¡Hosanna, hosanna! ¡Justicia hoy, no mañana!

Íbamos subiendo la ladera del Monte de los Olivos.(6) Era cerca del mediodía y el sol caía de lleno sobre nuestras cabezas, abrasándonos. Fue entonces, en un recodo, cuando apareció extendida a nuestros pies, como una enorme colmena, apretada de casas, rebo­sando gente, la ciudad de Jerusalén, encerrada en sus cuatro mu­rallas que brillaban como el oro. Y, en medio de ella, sobre la Colina baja del Moria, el Templo con sus escalinatas repletas de vendedores y comerciantes.

Pedro- ¡Que viva Jerusalén y que se larguen de ella todos los sinvergüenzas!

Jesús se detuvo y, sin desmontarse de la burra, se quedó mirando la ciudad. Recuerdo que, en aquel momento, los ojos se le llenaron de lágrimas.

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