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Jesús- Jerusalén, ciudad de la paz, si por lo menos hoy comprendieras cómo se consigue la paz, ¡la verdadera! ¡Padre, ayúdanos! ¡Vamos a hablar en tu nombre! ¡Ábrele los oídos a los sordos que no quieren oír el grito de justicia de los pobres de Israel! ¡Llévanos en alas de águila como llevaste en otro tiempo a tu pueblo cuando lo liberaste de la esclavitud de Egipto!

Pedro- ¡Mira, moreno, la gente está saliendo de la ciudad y vie­nen a juntarse con nosotros! ¡La victoria es nuestra! ¡Nadie podrá detenernos!

Judas- ¡Levanta una rama, Jesús, y que todos te vean! ¡El pue­blo está esperando esa señal!

Entonces, Jesús tomó una rama de olivo, la agarró con las dos manos y la alzó como un estandarte en medio de todos.

Jesús- ¡Hermanos, Jerusalén nos espera! ¡Dios está con nosotros!

Como una roca que se desprende y lo arrastra todo, así nos lanzamos por la cuesta de los Olivos, levantando una polvareda in­mensa y batiendo las ramas. Atravesamos el torrente Cedrón y enfilamos hacia la Puerta Dorada, la que da a la explanada del Templo. Los soldados romanos, apostados sobre la muralla, nos miraban con desprecio. Uno de los centuriones, cuando vio aquel tumulto, dio orden de cerrar la puerta, y ya dos guardias estaban maniobrando los cerrojos. Pero los que íbamos delante avanzamos precipitadamente y nos lanzamos como un solo hombre contra los batientes de madera de la puerta a medio cerrar. El griterío de la multitud enardecida se desbordó bajo el doble arco de la Puerta Dorada y, arrastrados por la avalancha, entramos en la gran explanada del Templo de Jerusalén.(7)

Mateo 21,1-11 y 23,37-39; Marcos 11,1-11; Lucas 13, 34-35 y 19,29-38; Juan 12,12-18.

1. Para las fiestas de Pascua, en primavera, se congregaban en Jerusalén miles de peregrinos, israelitas venidos del resto del país y judíos de las colonias del extranajero, triplicándose la población de la capital. Como la ciudad no podía absorber tal can­tidad de personas, éstas se hospedaban, según sus lugares de origen, en las aldeas vecinas, que en los días de Pascua formaban lo que se llamaba el «Gran Jerusalén». Betania y Betfagé, aldeas situadas al este de la capital, acogían a miles de pere­grinos. El ambiente de Jerusalén en estos días de fiesta multitudinaria era de llamativa alegría. Durante todo el año, los peregrinos ahorraban para los gastos extraordinarios de aque­llos días. Se comía mejor, se bebía mucho, se compraban regalos. Para el pueblo, eran días de respiro y de expansión en medio de una vida de continuas privaciones.

2. Los días de Pascua ponían al rojo vivo las expectativas políticas del pueblo, su esperanza mesiánica. La Pascua conmemoraba anual­mente la liberación del pueblo de Israel. Esclavos en Egipto duran­te siglos, los israelitas, conducidos por Moisés, habían alcanzado una tierra propia. Eso era lo que celebraban en aquellos días. La

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