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Desde muy temprano, la gran explanada del Templo de Jerusalén(1) se había inundado de vendedores de vacas, corderos y palomas. Junto a las columnas del pórtico de Salomón, los buhoneros pusieron sus carretones con amuletos y mil baratijas. Sobre la esca­linata que daba a los atrios interiores, se apostaron los cambistas de monedas. Resonaban las maldiciones y los regateos y, en el aire, como una nube espesa, flotaba el olor a sangre de los anima­les degollados, mezclado con el hedor del estiércol y el sudor rancio de los miles de peregrinos que abarrotaban la explanada.

En medio de aquella barahúnda de gente y animales, entramos nosotros, forzando la Puerta Dorada: una avalancha de campesinos de Betania, de forasteros galileos, de hombres y mujeres agitando con entusiasmo ramas de laurel y de palmera, enronquecidos ya de tanto gritar vitoreando al Mesías, al Hijo de David.

Todos- ¡Hosanna, hosanna, justicia hoy, no mañana! ¡Hosanna, hosanna, justicia, hoy, no mañana!

Hombre- ¡Arriba el profeta de Nazaret!

Todos- ¡Arriba!

Mujer- ¡Abajo Caifás y toda su pandilla!

Todos- ¡Abajo!

Jesús iba delante, montado en una burra, apretujado por la enor­me multitud que llenaba el atrio de los gentiles.(2)

Jesús- ¡Amigos de Jerusalén! ¡Ha llegado el Reino de Dios! ¡El mundo viejo se acaba! ¡Dios ha visto la opresión de nuestro pue­blo y ha escuchado nuestro clamor! ¡Dios quiere liberarnos de todo yugo para que podamos servirle con libertad, con la frente bien alta, sobre una tierra nueva! ¡Que la justicia corra como un río y la paz como un torrente desbordado!

Hombre- ¡Que viva Jesús, el Mesías de Dios!

Todos- ¡Que viva!

Mujer- ¡El Mesías ya está aquí, es el Hijo de David!

Todos- ¡El Mesías ya está aquí, es el Hijo de David!

El sol ardiendo sacaba humo de los mosaicos que cubrían la gran explanada del Templo. Desde los muros de la Torre Antonia, los soldados romanos, con sus corazas de metal y sus lanzas, nos miraban con desprecio y esperaban órdenes para disolver el tumulto.

Todos- ¡El Mesías ya está aquí, es el Hijo de David!

Cuando apenas habíamos llegado a la primera terraza, un grupo de levitas y guardianes del Templo nos cortaron el paso amenazándonos con el puño.

Levita- ¡Al diablo con ustedes! ¿Se puede saber quién ha organizado este desorden?

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