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Jesús- ¡El desorden lo han organizado ustedes, que han convertido la Casa de Dios en un mercado!

Todos- ¡Bien dicho! ¡Bien!

Todos- ¡El Mesías ya está aquí, es el Hijo de David!

Levita- Galileo rebelde, ¿es que no oyes lo que está gritando esta chusma? ¿No estás oyendo la insolencia?

Hombre- ¡Jesús es el Mesías! ¡Que viva Jesús!

Todos- ¡Que viva!

Levita- ¡Tápenle la boca a todos estos blasfemos!

Jesús- ¡Ni ustedes ni nadie nos callarán porque venimos en nombre de Dios! ¡Y si nos cierran la boca, gritarán las piedras!

Levita- ¿Nos estás amenazando, maldito?

Jesús- ¡Es Dios el que levanta el dedo contra ustedes, es Dios el que se tapa la cara cuando ve la abominación que ustedes han hecho en el lugar más santo!

Mujer- ¡Así se habla, caramba! ¡Duro con ellos, Jesús, bien duro!

Hombre- ¡Arriba el que viene en nombre del Señor!

Todos- ¡Arriba!

Los levitas tuvieron que echarse a un lado y dejarnos pasar. A Jesús le saltaban chispas por los ojos, como si llevara un horno dentro. Avanzó con prisa, por entre los corrales de vacas y de corderos, hasta ganar las primeras gradas, ya cerca de la gran escalinata repleta de pequeñas mesas donde se cambiaban las monedas griegas y romanas para pagar los impuestos del Templo en beneficio de Caifás y los sacerdotes.(3) Jesús se subió en el qui­cio de la terraza y con el brazo extendido, como Moisés cuando partió en dos el Mar Rojo, señaló al fastuoso templo de oro y mármol que tenía frente a él.

Jesús- ¡Amigos de Jerusalén! ¡Ahí dentro están los sacerdotes y los fariseos y los maestros de la Ley! ¡Están sentados en la cátedra de Moisés! ¡Y si Moisés levantara la cabeza, los sacaba a todos ellos a bastonazos! ¡Porque ellos se llaman representantes de Dios y a quien representan es a Mamón, el dios del dinero! ¡Porque con la boca hablan de la Ley de Moisés, pero las manos se les van detrás del becerro de oro!

Todos- ¡Bien, bien! ¡Duro con ellos, Jesús!

Jesús- ¡Ahí están los hipócritas! ¡Ahí están los que dicen y no hacen! ¡A nosotros nos echan encima una carga de leyes, nos ahogan con impuestos, con ayunos, con penitencias que ellos mis­mos no cumplen, con mil normas que ellos mismos se inventan! ¡Y nosotros con el yugo sobre la nuca y ellos no mueven ni el dedo meñique para aligerarnos la carga!

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