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nosotros. ¡Los demonios son ustedes, raza de víboras, hijos de la serpiente que engañó a nuestros primeros padres!

Todos- ¡Bien, Jesús, bien! ¡Así se habla!

Entonces aparecieron en el umbral de la Puerta de Corinto, la que llaman la Hermosa, cuatro ancianos del Sanedrín, con túnicas de lino puro y las manos muy enjoyadas. Eran los magistrados más temidos y más poderosos de nuestro pueblo, parientes del sumo sacerdote Caifás, de la más alta aristocracia de Jerusalén. Cuando los vimos salir, retrocedimos un poco. Hasta los cam­bistas de monedas y los vendedores que se apiñaban en la esca­linata, dejaron sus negocios para ver cómo terminaba aquello. Los magistrados se quedaron arriba, junto a la Puerta. Rezumaban odio contra Jesús, pero se contuvieron para no amotinar más al pueblo.

Magistrado- ¡Basta ya de tonterías, galileo embaucador! Pero, ¿quién te has creído que eres? ¿Piensas que vamos a soportar que, en nuestras narices, vengas tú, un campesino con las sandalias rotas, a vomitar tus resentimientos? ¡Vamos, largo de aquí! ¡Váyanse todos por las buenas, si no quieren que los echemos por las malas! ¡Hemos dicho que se vayan!

Jesús- Son ustedes los que tienen que irse de este lugar y de­jarnos vivir en paz. ¡Ustedes son los embaucadores del pueblo, us­tedes que tienen más crímenes que años sobre sus espaldas!

Magistrado- ¡Este rebelde debe morir! ¡Debe ser apedreado ahora mismo!

Jesús- ¡Háganlo, sí, ésa es la costumbre de ustedes! ¡Primero matan a los profetas y luego, cuando pasó el peligro, les levantan monumentos y les adornan las tumbas! ¡Asesinos! ¡Tienen las manos manchadas de sangre inocente! ¡Pero Dios les pedirá cuen­ta de toda esa sangre derramada por ustedes, desde la sangre del justo Abel hasta la de Zacarías, el hijo de Berequías, que uste­des mataron aquí mismo, junto al altar de Dios!

Uno de los ancianos, con los ojos inyectados de cólera, levantó el puño para maldecir.

Magistrado- ¡Anatema contra ti, perro rabioso! ¡Anatema contra todos ustedes, rebeldes! ¡El castigo de Dios será terrible!

Jesús- No nos asustan sus palabras, magistrado del Sanedrín. Dios está de nuestra parte. ¡Y es Dios el que lanza el anatema contra ustedes, que han convertido su Casa de oración en una cueva de bandoleros!

Jesús se agachó y tomó del suelo unas cuerdas que habían servido para amarrar el ganado. Les dio una vuelta en la mano y se abalanzó por la escalinata subiendo las gradas de dos en dos. Nosotros fuimos detrás, atropelladamente. Jesús blandía el látigo con tanta furia que los cuatro ancianos entraron huyendo por la puerta por donde habían aparecido. Cuando llegó arriba, gritó con autoridad.

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