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Jesús- ¡Fuera de aquí, mercaderes de Satán, fuera de aquí!

La algarabía fue espantosa. Jesús volcó las mesas repletas de mo­nedas y las echó escaleras abajo. La gente se tiraba sobre el dinero y los cambistas, enfurecidos, se tiraban sobre la gente. Una y otra vez Jesús descargó el látigo sobre las balanzas de los impuestos. Las vacas y ovejas se espantaron con aquel griterío y echaron a correr por la explanada. La gente chillaba y los vendedores se desgañitaban maldiciendo. Volaban las palomas y también los pu­ñetazos. Como el tumulto iba en aumento, los soldados de la Torre Antonia comenzaron a movilizarse. Pero Jesús seguía hablan­do enardecido.

Jesús- ¡Díganle a Caifás que mañana iremos frente a su palacio, y pasado mañana iremos donde Herodes a acusarlo en su madri­guera, y luego iremos donde Poncio Pilato delante de la Torre Antonia! ¡Y al tercer día Dios vencerá! ¡Ha llegado el Día grande del Señor, el Día de la liberación!

Todos- ¡Libertad, libertad, libertad, libertad!

Levita- ¡Metan preso a ese rebelde! ¡Que no se escape!

Sacerdote- ¡Metan presa a toda la ciudad si hace falta!

Mujer-¡Ay, Dios santo, van a matamos a todos! ¡Corran, muchachos!

En medio de aquel torbellino humano, logramos sacar a Jesús por los pórticos hacia el barrio de Ofel. De allí, fuimos escondiéndonos, hasta la Puerta de Sión, a la casa de Marcos, el amigo de Pedro. Cuando se hizo de noche, escapamos hacia Betania.

Aquel día la colina del Templo de Jerusalén tembló desde sus cimientos, como cuando Elías, allá en el Carmelo, empuñó el látigo de Dios contra los sacerdotes de Baal.

Mateo 21,12-17 y 23,1-36; Marcos 11,15-19 y 12,38-40; Lucas 11,37-52 y 19,45-48; Juan 2,13-22.

1. El Templo designa un amplísimo recinto que dominaba por completo Jerusalén. Comprendía el santuario –especie de capilla donde la religión judía localizaba la presencia de Dios-, el atrio de los sacerdotes y otros tres atrios o patios rodeados por amplios pórticos con columnas. Los tres atrios donde podían entrar los laicos eran: el de los paganos (único lugar del templo al que podían pasar los extranjeros no judíos), el de las mujeres (sólo podían llegar las mujeres hasta esta zona) y el de los israeli­tas (donde entraban los judíos varones). En el santuario sólo podían entrar los sacerdotes. La estructura del templo, sus divisiones, eran un reflejo del sistema jerárquico y discriminatorio de la so­ciedad.

Desde cualquier punto de vista, religioso, político, social y económico, el Templo de Jerusalén era la institución más importante de Israel en tiempos de Jesús. Lo era para las autoridades religio­sas (sacerdotes, sanedritas, levitas, fariseos, escribas). Cada

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