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uno de estos grupos, a su modo, vivían del Templo y usaban su significación religiosa para su propio provecho. Lo era para el pueblo, que vivía anonadado ante la magnificencia de aquel suntuoso y descomunal edificio. La trascendencia de aquel lugar no pasó desa­percibida para el imperio romano. Tras difíciles negocia­ciones, los gobernadores romanos consiguieron que se ofreciera diariamente en el Templo un sacrificio por el emperador. Con esto, los israelitas quedaban dispensados de cualquier otra forma de culto al soberano de Roma.

En el Templo se daba culto a Dios. Un culto en forma de oraciones, cánticos, perfumes que se quemaban, procesiones de alaban­za. Y un culto en forma de sacrificios sangrientos de animales o de otros productos del campo (trigo, vino, panes, aceite). Los sacrificios son expresión de un profundo sentimiento religioso del ser humano. En todas las culturas primitivas el hombre ofreció a Dios algo suyo -destruyéndolo, matándolo, quemándolo- como un símbolo de sumisión, como forma de pedir ayuda o per­dón. En tiempos de Jesús, la mayoría de los animales que se sacrificaban en el Templo se vendían allí mismo o en tiendas cercanas que pertenecían también al Templo. Se entregaban después a los sacerdotes, que los quemaban totalmente o los degollaban dentro del santuario esparciendo sobre el altar la sangre como ofrenda agradable a Dios. El resto del animal se lo solían comer los sacerdotes y el que lo había ofrecido. Todos los días del año había sacrificios en el Templo, pero en la semana de Pas­cua se multiplicaban. Cada día se sacrificaban dos toros, un carne­ro, siete corderos y un macho cabrío en nombre de todo el pueblo. Además había multitud de otros sacrificios privados por las más variadas razones: pecados, impurezas, promesas, votos. Las víctimas pascuales propiamente dichas (corderos ma­chos y jóvenes, según lo prescrito por la Ley) llegaban en los días de la fiesta de Pascua a decenas de miles. Algún historiador da la cifra de más de 250 mil corderos sacrificados en la Pascua.

El culto del Templo representaba la fuente de ingresos más impor­tante de Jerusalén. Del Templo vivía la aristocracia sacerdotal, los simples sacerdotes y multitud de empleados de distinta categoría (policías, músicos, albañiles, orfebres, pintores). Enor­mes cantidades de dinero afluían hacia el Templo. Venían de donaciones de personas piadosas, del comercio de ganado, de los tributos que los israelitas habían de pagar, de promesas. Administrar el fabuloso Tesoro del Templo era estar colocado en el puesto de máximo poder económico de todo el país. La familia de los sumos sacerdotes ejercía este cargo a través de un cuerpo de tres tesoreros afines, a veces de su propia parentela. En tiempos de Jesús, el negocio de los animales para los sacrificios pertenecía a Anás y a su familia.

A tan fabuloso poderío económico estaba ligado el poder político. El Sanedrín, máximo órgano religioso-político-jurídico de Israel, tenía sus sesiones en el Templo y lo presidía el sumo sacerdote. Ninguna institución de nuestro tiempo es comparable a lo que fue para Israel

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