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el Templo de Jerusalén ni ningún edificio-símbolo de poder actual puede ponerse en paralelo con esta institución.

En el año 70 después de Jesús, el Templo fue incendiado y arrasado por los romanos, que sofocaron así una revuelta nacionalista judía. No quedó del Templo, una de las grandes maravillas del mundo antiguo, piedra sobre piedra. Hoy sólo se conserva de él un trozo de uno de los muros que le servían de muralla: el llamado «muro de las lamentaciones». Junto a este muro, los judíos lloran todavía por la destruc­ción del Templo, ocurrida hace casi dos mil años. Allí celebran sus fiestas, rezan y alaban al Dios de sus antepasados. El lugar que ocupaba aquel grandioso edificio es hoy una inmensa explanada (491 x 310 metros), en el barrio árabe de Jerusalén. En el centro de esta explanada se alza la bellísima mezquita de Omar o mezquita de la Roca. Fue construida allí en el siglo VII por los árabes, cuando se hicieron dueños de Jerusalén. En el interior de la mezquita hay una enorme roca que los judíos veneraron como el monte Moria en el que Abraham iba a sacrificar a Isaac, y en donde se realizaban los sacrificios de animales en el Templo.

2. El atrio de los gentiles (de los paganos), el más exterior de los atrios del Templo de Jerusalén, era la llamada «explanada del Templo». Tenía siete puertas de entrada y allí se instalaba el mercado de animales para los sacrificios (toros, terneros, ovejas, cabras, palomas) y las mesas para el cambio de moneda. El atrio tenía una superficie de 480 x 300 metros y estaba rodeado por columnatas y un muro de 5 metros de espesor, construido con piedras de 10 metros y de hasta 100 toneladas de peso. El atrio de los gentiles terminaba en un muro bajo, en el que letreros en latín y griego advertían los no judíos que si lo traspasaban serían ejecutados.

3. Los cambistas de monedas, a los que Jesús volcó sus mesas en el Templo de Jerusalén, tenían como función cambiar el dinero extranjero (griego o romano), que traían los peregrinos al Templo para pagar sus impuestos, por la moneda propia del santuario. Las monedas extranjeras llevaban grabada la imagen del emperador, un hombre divinizado, y por lo tanto, eran para los judíos blasfemas e impuras. Por eso, este dinero no podía entrar en lugar sagrado y era necesario cambiarlo. Todos los israelitas estaban obligados a pagar anualmente al Templo varios tributos: dos dracmas, las pri­micias de la cosecha o de los productos de su trabajo, y el lla­mado «segundo diezmo». Este último tributo no se entregaba en el Templo, pero todos estaban obligados a gastarlo en Jerusalén en comida, obje­tos u hospedaje. En Pascua, la afluencia de dinero en la capital era enorme. Los cambistas no sólo cambiaban moneda, sino que actuaban como auténticos banqueros. Volcar las mesas de los mercaderes del Templo no fue un acto exclusivamente religioso. Los sacerdotes vivían del negocio de los cambistas. En el Templo de Jerusalén lo político, lo religioso y lo económico estaban tan estrechamente ligados que era imposible hacer una denuncia religiosa que no fuera a la vez un ataque al poder económico y al político.

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