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legios. Su falta de «esperanza» estaba, así, muy justificada. Los saduceos eran ardientes defensores del sistema establecido.

5. Sólo al final del Antiguo Testamento apareció en Israel la creencia de que después de la muerte habría recompensas y penas para las buenas o malas obras hechas durante la vida. La pri­mera vez que las Escrituras plantean la fe en la resurrección de los muertos y en la inmortalidad individual, es en los libros de los Macabeos (2 Macabeos 12, 41-46; 14, 46). Frente a la muerte de los guerrilleros israelitas que combatieron por la liberación de su pueblo contra tropas extranjeras, el pueblo comenzó a intuir que los mártires de la liberación nacional serían resucitados por Dios. Surgió la convicción de que aquellos héroes no podían estar definitivamente muertos. El libro de los Macabeos no habla de la resurrección de todos los hombres, sino sólo de los caídos en combate. Así, la creencia en la resurrección surgió en Israel a partir de una historia de insurrección.

6. Jesús habló del cumplimiento pleno del Reino de Dios, pero nunca llamándolo cielo. Utilizó varias imágenes para hablar del futuro, del "mundo nuevo": los seres humanos verán a Dios con sus ojos, se repartirá la herencia, se oirán risas de fiesta, la familia de Dios se sentará a la mesa del Padre, se partirá el pan de la vida. Y todo cambiará: los últimos serán los primeros, los pobres dejarán de serlo, los hambrientos serán saciados. Según Jesús, todo lo anunciado comienza ya en la tierra, como un atisbo de lo que será la plenitud. La imagen del banquete de fiesta con la casa a rebosar fue la central en el lenguaje usado por Jesús para hablar sobre el futuro (Mateo 22, 1-14). El "cielo" será una fiesta sin fin.

98- CON LAS MANOS SUCIAS

Cuando llevábamos dos días en Jerusalén, el magistrado Nicodemo, al que habíamos conocido en otro de nuestros viajes, se apa­reció muy temprano en la taberna de Lázaro, en Betania. Quería ver a Jesús.

Nicodemo- Un tipo abierto, Jesús, créeme. Más abierto que un libro. Ha oído decir muchas cosas de ti y quiere conocerte. Me pidió que te invitara a comer en su casa.

Jesús- Está bien. Dile a tu amigo que, si tantas ganas tiene de conocernos, que nos damos por invitados.

Nicodemo- Naturalmente, Manasés invita también a tus amigos, Jesús, pero, no sé… Está ese Mateo, el publicano... y esa mujer...

Jesús- ¿Quién? ¿La magdalena?

Nicodemo- Sí, ella. Tal vez no se van a sentir cómodos en ese ambiente.

Jesús- Mal empezamos con ese tipo tan "abierto". Mira, Nicodemo, tú sabes que nosotros somos como las hormigas: donde va uno, van todos.

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