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Barrabás- Sí, hay otra. No es traición, sino estrategia. Es nece­sario que muera un hombre por el pueblo. ¡Compréndelo, Judas!

Aquel martes, por la tarde, el sumo sacerdote José Caifás había convocado una reunión de urgencia con los principales magistra­dos de Jerusalén.

Caifás- Compréndanlo, ilustres del Sanedrín. Es un asunto deli­cado sobre el que debemos llegar a una pronta decisión. Se trata de ese fanático llamado Jesús, del que muchos de ustedes ya habrán oído hablar. Un hombre de la peor calaña, rebelde contra Roma, blasfemo contra el Templo, agitador, conspirador y además, imbécil. Porque sólo un imbécil se pone a tirar huevos para rom­per un muro.

Magistrado- Mi opinión, excelencia, es cortar por lo sano. Al leproso, al impuro y al rebelde se les aparta cuanto antes de la co­munidad.

Jeconías- Lo siento, pero no estoy de acuerdo. La ciudad está repleta de peregrinos. El pueblo está muy excitado con los nuevos impuestos. Esperemos que pasen estos días de fiesta. Entonces todo será más fácil y menos ruidoso.

Magistrado- ¡Apoyo a mi colega Jeconías! Además, no de­bemos ser nosotros los que detengamos a ese revoltoso. Sería mal visto por el pueblo, Mejor que sea el gobernador Pilato quien se ocupe de él.

Magistrado- ¡El gobernador Pilato dice que está harto de levantar cruces para crucificar a nuestros mesías! ¡Que no quiere ningún lío más!

Jeconías- ¡Al contrario, lo que Pilato quiere es tener una nueva excusa contra nosotros para seguir robando el Tesoro del Templo!

Caifás- Ilustres, no hablen así del gobernador. Poncio Pilato tie­ne sus pequeñas manías, es verdad, pero es un hombre prudente y siempre nos ha apoyado al buen gobierno de la provincia. Personalmente, considero que si dejamos correr este asunto del rebelde nazareno, el gobernador Pilato puede ponerse nervioso y avisar al César. Su amigo Sejano allá en Roma, no tiene ninguna simpatía por nuestro pueblo. Y puede dar órdenes de invadir Jerusalén y saquear el Templo. ¿No les parece más sencillo eliminar a un hombre que poner en peligro la paz y el orden de nuestra nación?

Todos-¡Sí, sí, usted tiene razón, excelencia! ¡Ese rebelde debe morir!

Caifás- Me alegro que hayamos llegado a este acuerdo. Conviene que muera un solo hombre para salvar a todo el pueblo.

A esa misma hora, en la casucha del Ofel...

Zelote- Está bien, Judas. Comprendo tus razones y tus sen­timientos. Lleguemos a un acuerdo. No hará falta derramar la sangre del nazareno, como te había propuesto el compañero Barrabás.

Judas- ¿De qué se trata entonces?

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