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Judas- Puedes confiar en mí. Yo soy... yo era de los suyos.

Comandante- ¿Anjá? Eso está mejor. ¿Y dónde está tu jefe?

Judas- Ahora no pueden agarrarlo. Hay mucha gente con él. Yo les avisaré cuando sea el mejor momento.

Comandante- Descuida, tú también vendrás con nosotros. Si mientes, la pagarás con tu pescuezo. ¿De acuerdo?

Judas- De acuerdo.

Comandante- Toma, lorito. Te daré la mitad por delante. Trein­ta siclos de plata. La otra mitad, cuando el hombre esté en nuestras manos. ¡Y ahora, lárgate! ¡Puah! Así son estos des­graciados. Venden a su propio jefe por unas monedas.

Y Judas, el de Kariot, salió del palacio del sumo sacerdote Caifás y se perdió por una de las estrechas y oscuras callejuelas de la ciudad de Jerusalén.(2)

Judas- ¡Viejo imbécil, cuando el pueblo se levante en armas, te acordarás de mí!

Mateo 26,14-16; Marcos 14,1-2, Lucas 22,1-6; Juan 11,45-57.

1. Los zelotes no eran revolucionarios sanguinarios. Tam­poco se les puede identificar con un partido político, tal como hoy entendemos este término. Su ideología arraiga en una tradición religiosa profunda por la que Israel entendía que su país era tierra santa y no podía ser oprimido por extranjeros. Les caracterizaba un apasionado nacionalismo y una espiritualidad muy honda con base en los mensajes de los profetas. En cuanto a su práctica, les distinguía la voluntad de liberar de manera inmediata a Israel de la dominación romana. Su op­ción eran las armas. Ideológicamente, era quizá el grupo que más claramente representaba la sed de libertad que Israel había experimentado en los últimos siglos de su historia. Todo esto explica que coincidieran con Jesús en muchas cosas, que tuvieran en él muchas esperanzas y que se fascinaran por el poder de convocatoria popular del profeta galileo. Los zelotes pudieron entender los hechos ocurridos en el Templo de Jerusalén unos días antes de que Jesús fuera asesinado como el preludio de la ansiada y definitiva insurrección que desembocaría en la liberación nacional.

2. La pasión de Jesús fue un hecho histórico en el que confluyeron multitud de circunstancias. La traición de Judas debe ser recuperada del fatalismo con que tradicionalmente ha sido interpretada. A la distancia de dos mil años, nunca se sabrán con exactitud las razones de Judas. Pero hacer de él un ser que nació «sólo para traicionar», el arquetipo de la maldad, distorsiona los hechos que sucedieron aquellos días en Jerusalén. Judas fue un hombre de carne y hueso y no una marioneta cuyos hilos manejó desde la altura un Dios terrible que lo predestinó a la traición para así poder matar a su pro­pio hijo. La traición de Judas y la responsabilidad que pudieron tener los grupos zelotes en la muerte de Jesús no borran el hecho de que

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