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Lázaro- Y los que se queden aquí, ¡como muertos! ¡Con la boca cerrada hasta la hora de la cena!

El sol de aquel jueves empezaba a dorar las murallas de Jerusalén cuando Pedro y yo llegamos al templo. A pesar de la hora, había ya cientos de personas en la gran explanada de mosaicos blancos y tuvimos que abrirnos paso a empujones.

Juan- Ea, tirapiedras, tú entiendes más de animales. Elige tú el cordero.

Pedro- ¡Mira aquél, Juan! Parece una buena pieza. ¡Ven! ¡Eh, tú paisana!

Vendedora- ¿Qué pasa?

Pedro- Paisana, ¿cuánto me pides por el animalito éste?

Vendedora- ¡Catorce denarios y te lo llevas!

Pedro- ¿Catorce qué? ¡Mira tú, con ese dinero compro yo todo el rebaño! ¡No, no, no, toma, aquí tienes seis denarios y no ha­blemos más!

Vendedora- ¿Seis denarios? ¡Jamás de los jamases! ¡Dame doce y en paz!

Pedro- ¡Pero, qué dices! ¡De siete no paso!

Vendedora- ¡Escucha, narizón, porque me caíste bien, lo deja­mos en nueve y se acabó!

Al fin, compramos nuestro cordero. De un año, macho, sin nin­gún defecto, como mandaba la ley de Moisés. Con él a cuestas, su­bimos las gradas de mármol, atravesamos la Puerta Hermosa y nos fuimos acercando a codazo limpio hasta llegar al atrio de los israelitas. Cientos de galileos se agolpaban allí, esperando turno. Junto a la piedra de los holocaustos, los sacerdotes, con sus túnicas empapadas en sangre, degollaban uno tras otro los corderos que el pueblo presentaba como sacrificio de Pascua.

Pedro- ¡No empuje, paisano, que los cuchillos no van a perder el filo!

Viejo- Oye, tú, galileo, ¿tú no eres uno de los que estaban el domingo con el profeta de Nazaret?

Pedro- ¿Yo? Bueno, yo... la verdad...

Viejo- Sí tú mismo. Y tú también. A mí no se me despintan las caras. Soy de confianza, descuida. Yo me quedé ronco aquí en el Templo gritando hosannas con todos ustedes. ¡El día más gran­de de mi vida, sí señor! Bueno, si ustedes ven al profeta, díganle de parte de este viejo que en mi barrio todos andamos esperando la próxima. Si el domingo éramos mil, cuando vuelva a alzar la voz seremos cien mil. ¡Ah, caramba, quién me iba a decir a mí que antes de morir le vería las barbas al Mesías!

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