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La mañana del jueves, mientras Pedro y yo estábamos comprando el cordero, las mujeres fueron a donde vivía Marcos en el barrio de Sión para preparar la comida de la noche. La casa de Marcos tenía dos plantas. En el piso de arriba, en un cuarto pequeño de paredes encaladas y suelo de madera, íbamos a celebrar la cena de la Pascua.

Susana- ¡Tú, Magdalena, a barrer bien la casa! Mete la escoba por todos los rincones, muchacha. Mira que está mandado que no quede ni una pizca de levadura por ningún lado.

Magdalena- ¡Uff! Yo digo que tanto barrer y barrer segurito que se le ocurrió a Moisés porque no era él el que tenía que darle a la escoba, sino su mujer, claro.

Susana- Esta masa ya está, María, mira.

María- Yo creo que te salió muy gorda, Susana. Échale un poquito más de agua, que después, sin la levadura, los panes que­dan muy duros.

Susana- No serán más duros que la cabeza de tu hijo, María. No hago más que decirme: pero, ¿cómo va a ser cierto que ese moreno que yo he visto nacer sea... sea... el Mesías, como gritaba la gente el domingo? ¿No será que en este país todo el mundo se ha vuelto loco, María? ¿Tú qué crees?

María- No sé, Susana, yo no sé ni qué pensar. Pero, mira, también parecía que nuestro pueblo se había vuelto loco allá en Egipto, cuando Moisés. Y la locura que tenían era que querían ser libres.

Susana- Ahí sí llevas razón. Cuando la gente busca la libertad es que Dios anda por medio. ¡Ay, hija, yo creo que a mí lo que me está flaqueando es la fe, Dios santo!

María, la madre de Jesús, y Susana, en cuclillas en el suelo amasaban la harina y el agua de los panes ázimos.(4) Según la tradición de nuestros padres, los panes que se comían en la cena pascual se preparaban sin levadura, en recuerdo del pan que las mujeres de Israel habían amasado con prisa, sin tiempo de esperar a que fermentara, la noche que salieron de Egipto.

Pedro- ¡Eh, mujeres, aquí está el rey de la fiesta!

María- ¡No armes tanto alboroto, Pedro! Nadie tiene que enterarse de que estamos aquí!

Pedro- Bueno, bueno, es que uno viene de esa gritería de la calle y se le olvida. Eh, ¿qué les parece el cordero? Salió ba­rato y, ya ven, pura carne.

Susana- Magdalena, muchacha, si ya acabaste de barrer, ayuda a Salomé a lavarlo, anda.

Pedro- ¡No le toques ni una tripa, María, que hoy hay que comérselo todo, hasta las pezuñas!

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