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Nicodemo- Sí, ya, pero... no quisiera que tuvieras problemas, es por eso. Con esta gente hay que ir poco a poco. Compréndelo, Jesús.

Jesús- Que ellos también lo comprendan, Nicodemo: o todos o ninguno.

Y fuimos todos. Los trece y también las mujeres. Aquella tarde, salimos de Betania cuando empezaba a oscurecer. Entramos en la ciudad por la Puerta de Siloé y subimos la calle larga, hasta la casa del fariseo Manasés, el amigo de Nicodemo, en el barrio alto de Jerusalén.(1)

Natanael- Demonios, Felipe, esas sandalias están llenas de agujeros. Y en esa casa son gente fina.

Felipe- ¿Y qué querías, Nata? ¿Que viniera descalzo? Yo sólo tengo un par.

Natanael- Le hubieras pedido a Lázaro las suyas. Tiene los pies tan grandes como tú.

Felipe- ¡Peor el remedio que la enfermedad! ¡Esas sandalias de Lázaro tienen un perfume que se huele de aquí al monte Sión!

Magdalena- Pues yo sí que voy bien, caramba. Me puse el pañuelo nuevo. ¡Para que luego no digan esos señores que una no se arregla como es debido!

Pedro- ¡Oye a esta magdalena! ¡Mira, muchacha, tú mejor no hables mucho y espera a que los demás se sirvan para no meter la pata!

En la casa de Manasés nos esperaban los amigos de Nicodemo: tres fariseos con sus mujeres. Los fariseos se consideraban los más perfectos cumplidores de las leyes de Dios y de las costumbres de nuestros antepasados.(2) Fariseo quiere decir eso: separado. Ellos se sentían los escogidos de Dios, mejores que todo el mundo.

Manasés- ¡Bienvenidos a mi casa, amigos! Pasen, pasen... A ver, los sirvientes... ¡atiendan a los invitados!

Natanael- ¡Prepárate, Felipe, ahora te van a descubrir los agujeros de las sandalias!

Felipe- ¡Pssh! Disimula, Nata…

En la puerta, tres criados nos descalzaron y nos lavaron los pies.(3) Era la señal de hospitalidad con que el dueño de la casa recibía siempre a sus invitados. Más adelante, en el salón donde íbamos a comer, estaban colocadas seis grandes tinajas llenas de agua para los primeros lavatorios de manos. Los fariseos eran muy escrupulosos en todos estos ritos de limpieza. Pero, como nosotros no estábamos acostumbrados a ellos, ninguno nos lavamos las ma­nos al entrar.

Persio- Bueno, señores, yo creo que hay que hacer las presentaciones. Antes de comer juntos, es de buena educación saludarse.

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