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mismo. Los sacerdotes, descalzos, con las vesti­duras propias del culto, degollaban ante el altar, uno tras otro, los corderos que los israelitas varones llevaban hasta el atrio. Después de que la sangre hubiera corrido ante el altar, como sacrificio agradable a Dios, devolvían las víctimas a sus dueños, que las llevaban a su casa o a hornos colectivos que había en las calles para asarlos.

3. Como el libro de los Hechos de los Apóstoles dice que las primeras comuni­dades cristianas se reunían a orar en casa de Marcos, una antigua tradición fijó allí el lugar donde Jesús habría celebrado la cena pascual en las vísperas de su muerte. Como ha sido imposible localizar este lugar en la Jerusalén de hoy, otra tradición más reciente sitúa el «cenáculo» en una amplia habitación de un segundo piso de un templo levantado en el monte Sión, al suroeste de la ciudad. En los bajos de este edificio los judíos veneran la tumba del rey David. Ni un lugar ni otro tienen autenticidad histórica.

4. El pan que se comía durante los siete días de las fiestas de Pascua debía amasarse sin levadura. Eran los «massot» o panes ázimos. Estaba también prescrito que se barrieran todos los rincones de las casas, para que no quedara ni un polvillo de levadura dentro. La mentalidad primitiva veía en el proceso de fermentación del pan un símbolo de descomposición y muerte. Por eso, la costum­bre de comer panes más «puros» en la fiesta. Los panes ázimos se hacían en forma de torta, algo gruesa. Recordaban los panes que los israelitas se habían llevado de Egipto en su huida, sin tener tiempo de esperar a que la masa creciera y fermentara.

5. En la noche de la cena de Pascua, algunos israelitas conservaban la antigua costumbre de señalar con la sangre del cordero sacrificado las puertas del lugar en donde se reunían para cenar. En la noche en que Israel había salido de Egipto, la sangre en los dinteles de las puertas fue la señal para distinguir las casas de los opresores de las de los oprimidos, para que Dios liberara a éstos y castigara a aquellos (Éxodo 12, 2-13).

6. En los días pascuales, los mercados de Jerusalén rebosaban de los productos típicos para la cena central de la fiesta. La verdura que estaba pres­crita para la ensalada era la lechuga. Pero podía hacerse también con achicoria, berros, cardos u otras hierbas amargas. La amargura era un recuerdo del dolor y las lágrimas del pue­blo cuando fue esclavo en Egipto.

7. La salsa o mermelada ritual de la cena pascual se llamaba «haroset». Se hacía con distintas frutas -higos, dátiles, pasas, manzanas, almendras-, varios condimentos -canela, sobre todo- y vinagre. Servía como aperitivo, untándola en pan. Su consistencia y su color recordaban a los israelitas la arcilla con la que sus antepasados esclavos en Egipto habían amasado ladrillos para las construcciones del faraón.

8. Los judíos continúan celebrando anualmente, hasta el día de hoy, la fiesta de la Pas­cua, con un rito bastante similar al que

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