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la Rufina y por todos mis hijos.

Jesús- No jures, Pedro.

Pedro- ¡Lo juro porque es verdad lo que digo! ¡Como que me llamo Simón!

Jesús- No, Pedro, tú también puedes fallar, igual que cualquiera. No te llenes la boca con juramentos. Sí, tú, tú… Si esta noche las cosas se pusieran feas, antes de cantar los gallos ya te habrías olvidado de que nos conocías.

Pedro- ¡Caramba contigo, moreno! ¡Eres tú el que no me co­noce entonces! ¡A mí me matan antes de fallarte! ¡Llueve sobre mojado y juro sobre jurado! ¡Y todos ustedes son testigos!

Juan- Jesús, no seas aguafiestas, hombre. Claro que las cosas están malas, pero ten por seguro que aquí ninguno se va a echar atrás.

Magdalena- Lo que dice Juan, lo decimos nosotros también, ¡qué caray! Y no te pongas tan sombrío, Jesús, que ya la ensa­lada está bastante amarga.

No se me borra del recuerdo aquella hora. Jesús, con las piernas cruzadas sobre la estera, nos fue mirando a todos, uno a uno, y cuando empezó a hablar sentimos que sus palabras venían de lo más hondo de su corazón.

Jesús- Compañeros, quiero darles las gracias por todo lo que he­mos podido hacer juntos durante este tiempo. El camino ha sido muy corto, pero muy difícil. Hasta aquí hemos estado unidos. Ustedes han sido mis amigos, han estado a mi lado en los momen­tos malos y en tantos buenos momentos. De verdad, los he que­rido con toda mi alma.

Jesús dejó caer las manos sobre las rodillas. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

Jesús- Tenemos que seguir unidos, hasta el final, pase lo que pase.

María- Pero, Jesús, hijo, ¿por qué hablas así? ¿Qué es lo que va a pasar?

Jesús- No lo sabemos, mamá. Pero pase lo que pase, tenemos que mantenernos unidos y apretarnos unos contra otros. En gru­po, siempre en grupo.

Entonces Jesús, con sus manos grandes y callosas, tomó una de las tortas de pan que había sobre la estera.

Jesús- Apretarnos unos contra otros, como se apretaron los gra­nos de trigo para formar este pan. Las espigas estaban disper­sas por las colinas y los montes y se unieron para hacer esta masa. Nosotros debemos estar unidos, así, igual que se unieron estos granos.

Jesús miraba el pan dorado y crujiente que las manos de su ma­dre habían amasado, el pan ázimo de la fiesta grande de la Pas­cua.

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