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Jesús- Amigos, nuestros padres comieron en Egipto un pan de aflicción. En una noche como ésta, también ellos sentían angustia y tenían miedo y se reunieron a comerlo de prisa, esperando el paso de Dios por aquella tierra de esclavitud y miseria. Y Dios pasó y aquel pan fue para ellos un pan de libertad. Durante mu­chos meses hemos anunciado la buena noticia de que Dios está de nuestra parte, de que Dios nos escogió a nosotros, los pobres de este mundo, para darnos su Reino, a nosotros que hemos amasado con sudor y con lágrimas este pan. Durante muchos meses hemos luchado para que las cosas cambien, para que el pan lle­gue a todos. Puede que ésta sea la última vez que comemos jun­tos... Está bien, no importa. ¡Pongo mi suerte en las manos de Dios y pongo mi vida en este pan! Acuérdense de mí cuando se reúnan para compartirlo. Cuando lo hagan, yo siempre estaré con ustedes.

Jesús partió la torta de pan ázimo en muchos pedazos y todos co­mimos un trozo.(1) Después agarró con mano firme una garrafa y llenó con ella la jarra que tenía delante. En el vino, rojo y fresco, se reflejaban las luces de las lamparitas.

Jesús- ¿Cómo podremos pagar al Señor todo lo bueno que nos ha hecho? ¡Alzaremos esta copa de liberación y nos alegrare­mos en su nombre! Amigos, cuando Dios sacó a nuestros pa­dres de la esclavitud de Egipto, los llevó a la montaña del Sinaí y allí hizo una alianza con ellos. Un pacto de sangre. Con la san­gre de muchos animales, Moisés roció al pueblo. Ya no hace falta la sangre de más animales. Este vino está hecho con el jugo de muchas uvas pisadas y aplastadas en el lagar. Es la san­gre de todos los inocentes que han muerto, volviendo sus ojos al cielo, sin saber por qué morían. Es la sangre de todos los que han caído luchando por la libertad de sus hermanos. Yo también pongo mi sangre en este vino. Con esta sangre Dios hace una nue­va alianza para liberar al pueblo de todas las esclavitudes.(2)

Jesús me pasó la jarra llena hasta los bordes y yo la pasé a Pedro y Pedro a María... Todos bebimos un trago de aquel vino fuerte y oloroso.

Jesús- Sí, de verdad, yo siempre estaré con ustedes y ustedes siempre estarán conmigo, como estamos esta noche comiendo del mismo pan y bebiendo de la misma jarra.(3) Tenemos que queremos mucho unos a otros, estar dispuestos a jugarnos la vida por los demás. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por su pueblo. Sí, tenemos que estar dispuestos a que partan nues­tro cuerpo como se parte el pan y a que derramen nuestra sangre, como se derrama el vino. Hoy celebramos la fiesta de la liberación de nuestro pueblo. No podemos perder la esperanza en Dios. También nosotros, un día, alcanzaremos la libertad.

María- Ay, hijo, no sé, pero has estado hablando como si te despidieras.

Jesús- Mamá, ya les dicho que las cosas están mal.

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