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Arrebujados en sus mantos, roncaban ya. Sin túnica y envuel­to en una sábana vieja, Marcos dormía junto a la caseta donde se guardaba la prensa de aceite. Jesús estaba sentado sobre una piedra, con la cabeza entre las manos. No había querido acos­tarse. Los grillos eran las únicas voces de la noche.

Jesús- ¿Por qué Judas nos habrá hecho esto? No lo entien­do. No me cabe en la cabeza. Tanto tiempo juntos... Desde aquel día en Nazaret cuando nos conocimos... El trabajo de tan­tos meses empujando el Reino de Dios ¡y ahora esto! Pero, ¿qué te ha pasado, Judas? ¿Te hice algo malo yo? ¿Te defrau­dó nuestro grupo? Nosotros confiamos en ti. ¿Por qué no con­fiaste tú en nosotros? ¿Por qué nos fallaste, compañero? ¿Y por qué te dejé salir de la casa de Marcos? ¿Por qué no me puse en medio? ¿Por qué no te impedí ir a denunciarnos? Maldita sea, ¿por qué?

Comandante- Adelante, amigo, te estábamos esperando. Nos dijiste que esta noche...

Judas- Y lo he cumplido. Sé dónde está.

Comandante- ¿Anda solo?

Judas- Con un puñado de amigos.

Comandante- ¿Armados?

Judas- Un par de espadas viejas.

Comandante- ¿Cuál es la señal para que mis hombres no se equi­voquen?

Judas- Yo me acercaré a él y lo saludaré con un beso.

Comandante- De acuerdo. Entonces, lo convenido. Cuando el nazareno esté en nuestras manos, ve a cobrar los treinta siclos que te faltan. Y si es una falsa alarma, prepara tu pescuezo, lorito.

Judas- Yo no miento. Vamos de una vez.

Comandante- Tú delante, iscariote. ¡Ea, la guardia lista!

Y Judas, el de Kariot, salió del patio del palacio de Caifás al lado del comandante de la guardia del Templo. Les seguían un pelo­tón de soldados con espadas y garrotes. Las antorchas iluminaban las calles ya solitarias del barrio de Sión. Allá, en Getsemaní, Santiago, Pedro y yo estábamos recostados contra el tronco de un olivo viejo. La tierra olía, cargada de la humedad de la noche. Jesús se acercó a nosotros y nos miró con ojos asustados.

Jesús- ¿No oyeron ese ruido?

Juan- ¿Qué ruido, moreno?

Jesús- Me parecieron pasos. Por allá...

Pedro- Los pasos de alguna zorra buscando su madriguera. ¡Descuida, hombre, que en este huerto estamos más seguros que bajo las alas de los querubines!

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