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Juan- ¿Te sientes mal, Jesús? Estás pálido. Vamos, échate una cabezada. Nosotros vigilamos.

Jesús- Tengo miedo, Juan. Siento una angustia... Es como si una mano me apretara aquí y no me dejara respirar.

Pedro- Vamos, moreno, siéntate y conversa. Hablando se echa el miedo.

Jesús se puso en cuclillas junto a nosotros. Nos miraba con tris­teza, no sé, como pidiendo ayuda. Pero a los tres ya nos pesa­ban los ojos por el sueño.

Jesús- ¿Se acuerdan de aquella noche allá en el norte, en Cesarea? Era una noche como ésta. Yo tenía miedo. Sentía que no iba a poder con todo el peso. Ustedes me animaron mucho. Me dijeron que no me dejarían solo, que pelearíamos juntos, siempre en grupo. De veras, compañeros, me animaron mucho. Esta noche necesito, no sé... necesito que me digan que todo valió la pena… que vale la pena seguir luchando.

Juan- Jesús, aquella noche tú nos dijiste que... que...

Santiago, Pedro y yo nos habíamos quedado dormidos. Las palabras del moreno se alejaban de nosotros en la oscuridad y se per­dían en la pesadez del sueño. Entonces Jesús se apartó como a un tiro de piedra y se sentó sobre una roca. Más allá del Cedrón, Jerusalén brillaba, vestida de luna, completamente blanca.

Jesús- ¡En mala hora me metí en esto! Me hubiera quedado en Nazaret, habría hecho mi vida a mi manera. Una casa, unos hijos, una mujer... Así, como todos. El trabajo de cada día, la pequeña felicidad de cada día. Mi madre estaría tranquila, cuidando sus nietos. ¡En mala hora fui al Jordán y conocí a Juan, el profeta, y me dejé bautizar por él! No, no fue Juan. Fuiste tú, Señor. Tú eres el que está detrás de todo esto. Tú me empujaste. Tú me agarraste y fuiste más fuerte. Me sedujiste... y yo me dejé seducir. Pusiste palabras en mi boca que ardían como carbones y yo quería apagarlas, pero no podía. Se colaban dentro de mí como fuego, me quemaban hasta los huesos. ¡En mala hora puse la mano en el arado! Ya es de­masiado tarde para mirar hacia atrás. No, todavía estoy a tiempo. Tengo que escapar, huir, irme de aquí. Pedro y los demás se irán mañana mismo a Galilea. Si, es lo mejor. Yo también iré con ellos. ¿Por qué tengo que quedarme yo? Regresaré al norte, y me esconderé en la aldea, o en el monte, o bajo las piedras, si hace falta. Que se olviden de mí y yo me olvidaré de todo lo que ha pasado. ¡Sí, eso voy a hacer!

A esas horas, Judas, al frente de la guardia, llegó a casa de Marcos.

Judas- ¡Maldita sea, no están aquí! ¿A dónde diablos se han ido?

María- Judas, Judas, espera, no te vayas! ¡Judas!

Al salir a la calle...

Judas- ¿Hacia dónde iban, vieja?

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