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Vieja- Hacia allá, mi hijo, hacia el Cedrón, pero yo...

Judas- ¡Eh, ustedes, los soldados, por aquí, vengan por aquí!

Los olivos retorcidos recortaban sus sombras sobre la tierra. Por el oriente, aparecieron unas nubes que atravesaron con prisa el cielo y ocultaron pronto la luz lechosa de la luna. Las tinieblas cu­brieron el huerto, la vieja prensa de aceite, los cuerpos dormidos. A lo lejos, los chillidos de los pájaros de la noche rasgaron el aire como avisos de centinela. No hacía frío, pero Jesús co­menzó a tiritar. Se levantó de la piedra en la que estaba sentado y vino otra vez hacia nosotros. Más allá del sueño, sentí sus pa­sos vacilantes.

Jesús- ¡Pedro! ¡Juan!

Nuestros ojos se abrieron, pero volvieron a cerrarse. Estába­mos tendidos de cansancio. Jesús se alejó y se perdió entre los olivos.

Jesús- ¡Padre! Si hubiera llegado mi hora, dame fuerzas. Dame valor para no responder con violencia a la violencia de ellos. Si me llevan a juicio, que tenga palabras para denunciarlos en el tri­bunal. Si me torturan, que sepa callar para no delatar a mis compañeros. Ellos quieren matarme, Padre... pero yo no quiero morir. ¡Todavía no! ¡Todavía no! ¡No quiero morir, no quie­ro, no quiero! ¡Dame tiempo, Señor! ¡Necesito tiempo para terminar la obra comenzada! Hay que seguir abriéndole los ojos al pueblo, seguir anunciando tu buena noticia a los pobres. Nuestro grupo está apenas empezando a andar… ¡No, no, yo no puedo faltar ahora, no puedo! Padre, ellos quieren taparnos la boca, quieren ahogar la voz de los que reclamamos justicia. ¡Que no se haga la voluntad de ellos, sino la tuya! ¡Que no ga­nen ellos, los poderosos, los hombres sanguinarios, sino que ganes tú, el Dios de los pobres, nuestro Defensor! ¡Mete tu mano ya, Padre! Saca la cara por nosotros, los humillados de este mundo, las siempre derrotadas… ¡y si no, bórrame a mí de tu libro! Sí, yo sé que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no da fruto. Yo mismo lo he dicho y el espíritu lo entiende, pero luego, cuando llega la hora, la carne tiembla. Tengo miedo, Pa­dre, tengo miedo. Si por lo menos tú me dieras una señal... Sí, dame una señal, una prueba de que tú no me has engañado, de que esta lucha no ha sido en vano. A Gedeón le diste una señal antes de salir a la batalla. A Jeremías le enseñaste una rama de almendro. Mira esa rama, Señor, la rama de ese árbol... si floreciera, si de pronto se abriera la flor blanca del olivo como una señal de paz. ¡Respóndeme, Señor! ¿Por qué te callas? ¿Es pedir demasiado? ¡Tú me pediste más a mí! Me pediste que dejara mi tierra y la casa de mis padres. Por ti hablé, por ti me llené de rabia contra los grandes de este mundo y grité en la plaza y en las calles y no me senté a comer en la mesa de los mentiro­sos. Por ti me he quedado solo. Lo he perdido todo por hacer­te caso a ti. ¿Y Tú no puedes darme la señal que te pido? ¿Ni siquiera eso? ¡Habla, responde! ¿O es que todo será un espejismo, como las aguas falsas que se ven en el desierto?

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